En la necrópolis tebana, frente a Luxor, una tumba abierta hace más de dos milenios conserva algo más que momias. Conserva también las huellas de quienes regresaron una y otra vez para depositar nuevos muertos, adaptando cada enterramiento a los cuerpos que ya ocupaban aquel espacio.
Un equipo de investigadores españoles ha estudiado con detalle la cámara tres de la tumba TT 209, utilizada desde la dinastía XXV hasta época ptolemaica. Allí han documentado dieciséis individuos momificados, además de restos de otros cuatro, y una transformación gradual de las costumbres funerarias: desde enterramientos individuales en ataúdes hasta cuerpos cuidadosamente superpuestos cuando el espacio comenzó a escasear.
Entre ellos apareció un detalle excepcional: un perro momificado depositado directamente sobre un hombre y una mujer. Los investigadores no saben todavía si expresa una relación afectiva con aquellos individuos o si el animal desempeñaba algún papel ritual relacionado con el viaje al más allá.
Lo más sugerente, sin embargo, es que aquella acumulación no parece fruto del desorden. Cada nueva sepultura respetaba de algún modo las anteriores. Durante siglos, la tumba fue cambiando sin borrar lo que ya había sucedido dentro de ella: una suerte de memoria construida con cuerpos.
Las expediciones suelen avanzar abriéndose paso pero Tara Polaris I confía en el método contrario: dejarse atrapar por el hielo de la banquisa del océano Ártico y dejarse arrastrar por la deriva del hielo polar. La expedición partió de Lorient en julio para un periplo de dieciocho meses. La Tara Polar Station esta diseñada para soportar la presión de la banquisa durante largo tiempo, convertida en nave, observatorio y laboratorio, con el objetivo de estudiar un territorio difícil de conocer, sobre todo durante la noche polar.
Una de las instituciones participantes es el Institut de Ciències del Mar del CSIC, que estudiará la vida microbiana del océano Ártico y, sobre todo, cómo sobreviven estos organismos durante los meses en los que que desaparece por completo la luz solar. La expedición, que reúne decenas de laboratorios de distintos países, pretende observar conjuntamente hielo, océano, atmósfera y ecosistemas.
Esta aventura remite a la del Fram de Nansen, también construido, a finales del siglo XIX, para dejarse atrapar por el hielo con el objetivo de comprender el flujo de los mismos.
Este verano, mientras Groenlandia vuelve a ocupar titulares por el retroceso de sus hielos, un grupo de científicos navega por los fiordos orientales para acercarse precisamente a uno de los lugares donde ese cambio puede observarse de manera más directa: allí donde el hielo continental termina por quebrarse y entregarse al océano.
La expedición GIANT, embarcada en el RRS Sir David Attenborough, intenta medir de cerca un proceso que sabemos decisivo para el futuro del clima, pero cuya mecánica concreta sigue planteando numerosas incógnitas, porque no basta con observar el glaciar desde el aire ni con alimentar modelos desde un laboratorio. Hay que entrar en los fiordos, aproximarse a los frentes de hielo y desplegar drones, vehículos autónomos y equipos oceanográficos en un medio que todavía impone sus propias condiciones.
Hace unos días, los investigadores contemplaron cómo una enorme sección del glaciar Sorgenfri se desprendía ante ellos y caía al mar. Millones de toneladas de hielo desplomándose en pocos instantes, justo delante de quienes habían viajado hasta allí para comprender mejor cómo está cambiando aquel territorio.
Quizá sea eso lo que vuelve especialmente atractiva esta expedición: recordar que, pese a satélites, sensores y modelos cada vez más sofisticados, todavía hay preguntas cuya respuesta exige ir al lugar donde están ocurriendo las cosas.