Durante buena parte de la evolución humana, la llegada de la noche significaba el final de casi todas las actividades. El dominio del fuego cambió aquello: permitió prolongar varias horas la vida social y creó un espacio en el que ya no era necesario buscar alimento, desplazarse o trabajar.
Una nueva hipótesis desarrollada por investigadores de las universidades de St Andrews y Dartmouth propone que esas horas alrededor del fuego pudieron desempeñar un papel importante en el desarrollo de formas complejas de comunicación y, finalmente, de la narración.
Los autores señalan además propiedades peculiares de la propia luz de las hogueras: contiene muy poca luz azul, altera menos los ciclos de sueño que otras fuentes luminosas y su parpadeo podría favorecer cierto grado de sincronización neuronal y social entre quienes se encuentran reunidos alrededor.
No podemos escuchar la primera historia contada por un ser humano ni saber cuándo ocurrió. Pero sí podemos investigar las condiciones que hicieron posible que nuestros antepasados dispusieran por primera vez de tiempo, atención compartida y un círculo de oyentes después de caer la noche.