En la necrópolis tebana, frente a Luxor, una tumba abierta hace más de dos milenios conserva algo más que momias. Guarda la memoria de cómo distintas generaciones de egipcios volvieron una y otra vez al mismo espacio subterráneo para enterrar a sus muertos, modificar las cámaras y reorganizar los restos anteriores sin profanarlos.
Un equipo de investigadores españoles ha estudiado con detalle la cámara tres de la tumba TT 209, utilizada desde la dinastía XXV hasta época ptolemaica. A lo largo de esos siglos, el enterramiento acogió a casi una treintena de individuos, muchos de ellos inhumados con sencillos vendajes y sin los costosos ataúdes que solemos asociar al mundo faraónico.
Entre ellos apareció un detalle excepcional: un perro momificado depositado directamente sobre un hombre y una mujer. El animal no fue arrojado al interior ni colocado al azar, sino envuelto con cuidado y colocado sobre los cuerpos como parte de un mismo ritual familiar.
Lo más sugerente, sin embargo, es que aquella acumulación no parece fruto del desorden. Cada nueva sepultura respetó en lo posible las anteriores, desplazando huesos y ajuares hacia los laterales para hacer sitio a los recién llegados. En TT 209, la arqueología no solo descubre enterramientos antiguos: documenta la relación continuada de una comunidad con el lugar donde reposaban sus antepasados.