En 1948, una expedición británica encontró en Bjørnøya, la Isla del Oso, en el Ártico noruego, los restos de un enorme animal fósil. El hallazgo apareció en un lugar tan difícil que los expedicionarios solo pudieron fotografiarlo, recoger algunos huesos y dejar el resto expuesto al hielo, el viento y la lluvia.
Treinta y seis años después, una expedición noruega volvió a localizarlo por casualidad. Tras una semana de excavación consiguió recuperar buena parte de los restos, que terminaron en colecciones científicas y permanecieron durante décadas sin un estudio completo.
Ese análisis acaba de identificar una especie desconocida, Arctobatrachus urdensis, un gran plagiosáurido de unos 2,7 metros de longitud. Estos extraños anfibios del Triásico tenían cuerpos aplanados y cráneos extraordinariamente anchos, y vivían asociados a ambientes acuáticos.
La historia del fósil demuestra que el trabajo de campo no termina cuando concluye una expedición. Entre el primer hallazgo en los riscos árticos y la publicación científica definitiva han mediado casi ocho décadas, varios viajes y el trabajo paciente de distintas generaciones de paleontólogos.