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Huellas y mordeduras revelan depredadores en un cementerio volcánico de hace 12 millones de años

Icnitas y huesos triturados en Ashfall Fossil Beds desvelan cómo cánidos borofaginos carroñearon los cadáveres asfixiados por una erupción en el Mioceno.

Huellas y mordeduras revelan depredadores en un cementerio volcánico de hace 12 millones de años
Pequeñas huellas conservadas en una antigua capa de algas del yacimiento Ashfall. Crédito: Cheyenne Rowe / Research and Innovation, University of Nebraska–Lincoln.
Licencia / uso: Cortesía científica University of Nebraska–Lincoln para difusión de investigación.

Hace unos doce millones de años, una gigantesca erupción volcánica situada a más de mil kilómetros cubrió de ceniza las Grandes Llanuras norteamericanas. En un antiguo abrevadero de Nebraska, rinocerontes, caballos, camellos y otros animales fueron muriendo lentamente hasta formar lo que hoy conocemos como Ashfall Fossil Beds.

Pero algunos animales sobrevivieron lo suficiente para aprovechar aquella acumulación de cadáveres. Huellas, marcas de dientes y coprolitos con fragmentos de hueso apuntan ahora hacia los borofaginos, un grupo extinto de grandes cánidos conocidos precisamente por su capacidad para triturar huesos.

Lo extraño es que todavía no han aparecido allí sus esqueletos. Todo indica que visitaron el lugar, caminaron sobre la ceniza, mordieron los restos de otros animales y consiguieron marcharse antes de quedar atrapados ellos mismos.

Ashfall es uno de esos yacimientos donde la paleontología puede reconstruir no solo qué animales existieron, sino qué hicieron durante unas horas o unos días concretos. Doce millones de años después, unas pisadas siguen registrando quién llegó al escenario después de la catástrofe.

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