Dos satélites de la antigua misión Cluster han terminado sus vidas de una manera poco habitual: mientras ardían al atravesar la atmósfera, un avión cargado de instrumentos científicos volaba cerca de la zona prevista para observar cómo se destruían.
Samba reentró el 31 de agosto y Tango lo hizo unas veinticuatro horas después, el 1 de septiembre. La ESA había maniobrado previamente ambos satélites para dirigir su caída sobre una región remota del Pacífico Sur y permitir que el equipo de observación pudiera situarse en el lugar adecuado.
A bordo del avión viajaban treinta instrumentos. Veintinueve consiguieron registrar las reentradas, obteniendo imágenes y datos destinados a reconstruir cómo un satélite se fragmenta, calienta y finalmente desaparece en las capas altas de la atmósfera.
Hay en el experimento una curiosa inversión de la exploración habitual: esta vez los científicos no viajaron para observar un objeto remoto, sino para interceptar durante unos segundos un artefacto construido por nosotros mismos mientras dejaba de existir. Los datos servirán para diseñar satélites futuros que desaparezcan de forma más segura al finalizar sus misiones.