PERFIL

Carlos Cuarteroni: la misión que quiso gobernar como un barco (V)

Las tres estaciones de Labuán, Barambang y Looc Porin, la ruptura con los misioneros de Milán y los equilibrios entre Roma, España y el Imperio británico. Quinta entrega de la biografía de Carlos Cuarteroni.

Vista de Brunéi desde el río a mediados del siglo XIX
Vista de Brunéi desde el río a mediados del siglo XIX. Litografía de Frank Marryat publicada en Borneo and the Indian Archipelago (1848). Dominio público.

Una prefectura demasiado extensa

Durante los primeros meses, el grupo reunido en Labuán parecía más numeroso de lo que era en realidad. Además de Cuarteroni, Riva y Borgazzi, se encontraban allí los supervivientes de la misión de Melanesia, el joven Puarer y varios filipinos llegados con la expedición pero, sin embargo, solo los dos sacerdotes del Seminario Lombardo estaban destinados a permanecer junto al prefecto.

Cuarteroni se había comprometido conducir a los demás de regreso a Oceanía y, por tanto, el 25 de febrero de 1858 zarpó con ellos a bordo del Pacífico, un barco de doscientas toneladas comprado para atender las necesidades de la prefectura.
Como, al llegar a Singapur supo que Propaganda Fide había cambiado de idea y destinaba a los misioneros a Hong Kong, los acompañó hasta allí, para luego regresar a Labuán. A partir de entonces, la empresa quedó reducida a los tres hombres que habían salido juntos de Roma.

Cuarteroni distribuyó las responsabilidades atendiendo a la geografía. Ignazio Borgazzi permaneció en Labuán, donde se encontraba la residencia del prefecto y podían mantenerse las comunicaciones con el exterior; Antonio Riva se instaló cerca de Brunéi, en tanto que él se reservaba una fundación en la bahía de Gaya. Sobre el mapa, la disposición podía parecer razonable pero, sobre el terreno, obligaba a tres sacerdotes a sostener una prefectura que abarcaba buena parte del norte de Borneo.

Labuán era el único lugar donde podían contar con la protección directa de una administración europea. La isla se había convertido en colonia británica, sus minas de carbón atraían a trabajadores y comerciantes de procedencias diversas y, entre ellos, había algunos católicos, sobre todo irlandeses, que ya disponían de una pequeña capilla cerca de las explotaciones. Borgazzi se ocupó de aquella comunidad y de la casa desde la que se gestionaban los asuntos de la prefectura. Después, comenzó a levantarse una iglesia dedicada al Santo Crucifijo, llamada más adelante de la Asunción.

La zona confiada a Riva resultaba mucho más ambiciosa. El sultán de Brunéi cedió a los misioneros unos terrenos en Barambang, sobre una elevación que dominaba el río y la ciudad, y allí comenzó a construirse la iglesia de Nuestra Señora de Gracia. Tenía dos torres coronadas por cruces y debía de resultar llamativa frente a una capital formada todavía en gran parte por casas de madera levantadas sobre el agua.

Algunos filipinos, que habían vivido como cautivos, se instalaron junto a la iglesia, y los misioneros esperaban que otros pudieran reunirse con ellos. Riva pretendía proporcionarles tierras y medios para que pudieran mantenerse mediante la agricultura, evitando así que la fundación dependiera siempre de los recursos de la prefectura. Hijo de un propietario rural de las cercanías de Lecco, conocía ese trabajo y pensaba aplicar en Borneo lo que había aprendido antes de tomar los hábitos.

Spenser St. John, que trató a los misioneros durante aquellos años, describió el proyecto como una población modelo y reconoció que el sultán había ofrecido tanta tierra como los conversos fueran capaces de cultivar. El testimonio de Spenser St. John resulta muy desfavorable a Cuarteroni, pero confirma que la fundación existió y que las autoridades de Brunéi permitieron en un principio su establecimiento.

Cuarteroni se reservó para sí mismo Nuestra Señora de Belén, en Looc Porin, dentro de la bahía de Gaya. La primera capilla fue una construcción cubierta de hojas y el propio St. John dudaba de que pudiera mantenerse en pie durante dos años. Allí comenzó a cuajar otro pequeño asentamiento cristiano, aunque incluso la fecha en la que se realizó la primera misa resulta difícil de fijar. La reconstrucción del PIME menciona en un lugar el 8 de diciembre de 1857 y en otro el 4 de enero de 1858, de modo que, mientras no se consulte el documento original, solo podemos situarla entre finales de un año y comienzos del siguiente.

Las estaciones respondían a una lógica que Cuarteroni conocía bien. Labuán aseguraba el contacto con los puertos internacionales, Barambang permitía actuar junto a la capital de Brunéi y Looc Porin abría el camino hacia la costa septentrional. El problema residía en todo cuanto había entre esos puntos, pues las comunicaciones dependían del mar y cualquier avería podía aislar durante semanas a uno de los sacerdotes.

Mapa de las estaciones de Cuarteroni en Labuán, Barambang y Looc Porin
Las tres estaciones de la prefectura apostólica de Labuán y Borneo. Reconstrucción cartográfica; los emplazamientos precisos de Barambang y Looc Porin son aproximados.

La misión disponía de varias embarcaciones, pero cada una exigía tripulación, reparaciones y dinero para mantenerla en servicio. El Pacífico, cuya adquisición había costado alrededor de cincuenta mil francos, pasó pronto a manos de Manuel Cuarteroni para emplearlo en el comercio. Las naves menores continuaron enlazando las estaciones, aunque nunca llegaron a formar la red estable que el prefecto había imaginado. Entre ellas debían de encontrarse todavía la Refugium Peccatorum y la Consolatrix Afflictorum.

Tampoco bastaba con obtener del sultán permiso para levantar una iglesia, porque Barambang comenzó a atraer a cautivos que escapaban de sus propietarios y buscaban protección junto a los misioneros. Para Riva eran cristianos que intentaban recobrar su libertad pero, para quienes habían pagado por ellos, constituían una propiedad que la misión les arrebataba. El proyecto dejaba entonces de ser una fundación religiosa consentida por el sultán y alteraba intereses que este no podía permitirse ignorar.

St. John sostuvo que nadie había puesto obstáculos a los sacerdotes y que los habitantes de la región los suponían protegidos por Gran Bretaña, pero la correspondencia conservada por el PIME ofrece una imagen distinta, pues habla de protestas y posteriores ataques contra Barambang. Las dos versiones no son necesariamente incompatibles: las autoridades británicas y el sultán podían tolerar oficialmente la misión sin estar dispuestos a enfrentarse con los propietarios de cautivos ni a garantizar la seguridad de una iglesia situada fuera de Labuán.

Cuarteroni había conseguido establecer en muy poco tiempo una residencia, dos iglesias y otra capilla, comunicadas mediante barcos propios. El conjunto impresionaba visto desde Roma, pero dependía de la concordia entre los sacerdotes y de una fortuna particular cuyo estado real solo conocía su propietario. Y la misión creció antes de poder disponer de una organización capaz de sostenerla.

La misión se rompe

Lo primero que falló fue el tema monetario. Cuarteroni había confiado parte de su capital a un comerciante de Hong Kong llamado D’Almeida y, cuando intentó recuperarlo, descubrió que no podía disponer de él. Roma se encontraba demasiado lejos para responder a cada urgencia y la prefectura carecía de ingresos regulares, de manera que las obras habían comenzado contando con unos recursos que ya no estaban a su alcance.

En mayo de 1858, Cuarteroni salió de Labuán y permaneció durante trece meses entre Manila y Macao. Uno de los motivos fue la enfermedad de su hermano agustino, pero la reconstrucción documental del PIME indica que dedicó buena parte de aquel tiempo a tratar de salvar sus inversiones. Como lo no consiguió, terminó por ordenar que se suspendieran los trabajos.

Riva y Borgazzi se quedaron mientras tanto en Borneo, obligados a tomar decisiones sin saber cuándo regresaría el prefecto ni cuánto dinero podían gastar. Para ellos, abandonar las construcciones o reducir la actividad significaba dejar desatendidas a las pequeñas comunidades reunidas alrededor de las estaciones. Cuarteroni veía el mismo problema desde el lado contrario: si continuaban gastando cuando los fondos habían desaparecido, acabarían arruinando una empresa que dependía casi por entero de su patrimonio.

La ausencia puso al descubierto algo que nadie había resuelto antes de partir de Roma. Cuarteroni se consideraba fundador del proyecto puesto que había aportado los barcos y buena parte del capital, pero Riva y Borgazzi pertenecían al Seminario Lombardo para las Misiones Extranjeras y seguían ligados a sus superiores de Milán. Aunque habían aceptado la autoridad del prefecto, no eran sacerdotes de una congregación fundada por él ni formaban parte de una organización cuya obediencia estuviera claramente establecida.

Cuarteroni estaba acostumbrado a ejercer el mando de un barco, donde la autoridad del capitán no podía discutirse a la ligera. Pero una misión no era una goleta y los dos sacerdotes no eran miembros de una tripulación contratada. Respondían también ante su instituto, mientras que las decisiones importantes debían recorrer el camino entre Borneo, Milán y Roma antes de regresar convertidas en órdenes. Cuando surgieron las diferencias, la distancia hizo casi imposible resolverlas antes de que se agravaran.

El conflicto estalló tras el regreso de Cuarteroni, en julio de 1859, y, a finales de aquel mismo año, escribió dos cartas a Roma en las que acusaba a sus compañeros de imprudencia y desobediencia. No tenemos aquí los textos completos ni una respuesta equivalente de Riva y Borgazzi, por lo que conviene desconfiar de cualquier reparto demasiado limpio de responsabilidades. La reconstrucción del PIME considera injustas las acusaciones, pero procede de la institución a la que pertenecían los dos misioneros.

Propaganda Fide resolvió el asunto con la información que había recibido del prefecto y antes de escuchar la versión de los acusados. El cardenal Alessandro Barnabò comunicó a Giuseppe Marinoni, superior del Seminario Lombardo, que Riva y Borgazzi debían abandonar Borneo e incorporarse a la misión de Hong Kong, en carta está fechada el 24 de abril de 1860 y cuando los dos interesados todavía ignoraban lo que se había decidido sobre ellos.

Riva y Borgazzi embarcaron en el Victoria el 15 de agosto de 1860. Pasaron por Singapur y llegaron a Hong Kong el 9 de septiembre, apenas tres años después de haber desembarcado en Labuán y, para entonces, la prefectura ni siquiera disponía de dinero para costearles el viaje y ambos pagaron el pasaje con recursos enviados por sus familias. Cuarteroni les indicó que reclamasen después el importe a D’Almeida si este devolvía algo de lo que retenía, pero tampoco entonces parece que pudieran recuperarlo.

La separación no terminó en una enemistad permanente. En 1867, Borgazzi habló en Roma con el cardenal Barnabò y, al año siguiente escribió a Cuarteroni, perdonándole le perdonó la deuda del viaje entre Labuán y Hong Kong. Riva había muerto en 1862, por lo que nunca pudo participar en aquella reconciliación tardía.

Buscar un culpable único simplificaría demasiado el problema, porque los tres habían partido con la intención de fundar una misión, pero sin una estructura capaz de sobrevivir a una crisis financiera o a una ausencia prolongada del prefecto. Dependían del dinero de Cuarteroni sin saber con exactitud cuánto quedaba y recibían órdenes de instituciones distintas. Las disputas personales hicieron el resto, al encontrar un terreno abonado en una organización concebida para funcionar mientras nadie discutiera quién debía mandar.

Entre Roma, España y el Imperio británico

Spenser St. John regresó a Borneo poco después para encontrarse cerradas las iglesias y ausentes a los sacerdotes italianos. Dando por fracasada la misión, escribió que Cuarteroni había vuelto a Manila. Se equivocaba, ua que el prefecto continuó ligado a Labuán hasta 1879, pero su error resulta comprensible: desde fuera, las fundaciones parecían los restos de una empresa abandonada.

Izado de la bandera británica en Labuán en 1846
Ceremonia de izado de la bandera británica en Labuán el 24 de diciembre de 1846. Cuando Cuarteroni estableció allí su misión, la isla se había convertido ya en una avanzadilla del Imperio británico frente a las costas de Borneo. Grabado de Views in the Eastern Archipelago. Dominio público.

Cuarteroni no consiguió reunir otro equipo semejante, aunque recibió la ayuda ocasional de sacerdotes de paso e intentó preparar clero en la región. Hizo estudiar a Santiago Evances Alayo, un filipino que llegó a ordenarse y permaneció algún tiempo en Labuán, aunque regresó a su tierra en 1872. Las peticiones enviadas a Roma y a distintas órdenes religiosas apenas dieron resultado, por lo que la prefectura terminó dependiendo de un hombre que debía ausentarse para buscar recursos y cuya salud se deterioraba.

Las antiguas estaciones sobrevivieron de manera desigual. Barambang sufrió varios ataques y su iglesia ardió en abril de 1865, sin que sepamos con certeza si el incendio fue provocado. Al año siguiente, la de Labuán se encontraba ya también en ruinas, aunque Cuarteroni logró repararla. En cuanto a Looc Porin, subsistió de forma intermitente hasta que en 1873 trasladó a los últimos cristianos establecidos allí; todavía envió dos catequistas en 1876 y regresó al lugar poco antes de abandonar Borneo, como si no terminara de aceptar que la fundación se había perdido.

William Hood Treacher pudo visitar más adelante las ruinas de la iglesia de Barambang y afirmó que sus ladrillos terminaron formando parte de los cimientos de un aserradero. Calificó la misión de completo fracaso, aunque reconoció que Cuarteroni había permanecido en su puesto y liberado de vez en cuando a súbditos españoles esclavizados en la costa. El testimonio de William Treacher pertenecía a un funcionario colonial británico y no estaba libre de prejuicios, pero resume bien la distancia entre los resultados visibles y la obstinación del prefecto.

La protección británica, por su parte, tenía límites bastante claros. Dentro de Labuán, Cuarteroni podía ejercer su ministerio y conservar una residencia pero, fuera de la colonia, dependía de acuerdos con el sultán y con los jefes locales. Londres no estaba dispuesto a iniciar un conflicto para defender las construcciones de unos misioneros católicos, menos aún cuando su prefecto mezclaba las necesidades religiosas con proyectos que afectaban a la política española.

Aquí conviene aclarar el papel de James Brooke. Las versiones más populares lo presentan como amigo de Cuarteroni y protector directo de la misión, pero no tenemos pruebas suficientes de todo ello. Brooke había intervenido en la adquisición británica de Labuán y llamado a los misioneros anglicanos a Sarawak, aunque había dejado de ser gobernador de la colonia varios años antes de la llegada de Cuarteroni. La tierra de Barambang fue concedida por el sultán de Brunéi y los asuntos cotidianos debieron de tratarse con quienes gobernaban entonces Labuán. Brooke forma parte del escenario político que permitió la expansión británica por aquellas costas, pero no necesariamente de la historia personal del prefecto.

Cuarteroni seguía siendo ciudadano español, sacerdote dependiente de Roma y residente en territorio británico. Esa triple posición le había permitido moverse con bastante libertad entre jurisdicciones, aunque se volvía incómoda cada vez que solicitaba ayuda. Propaganda Fide había creado la prefectura sin poder sostenerla de manera continua. Gran Bretaña garantizaba la libertad religiosa en Labuán, pero no iba a proteger los proyectos católicos en el conjunto de Borneo, mientras que España escuchaba las reclamaciones sobre los cautivos filipinos sin aceptar por ello responsabilidad alguna sobre la misión.

La dificultad era aún mayor porque Madrid reclamaba derechos sobre el norte de Borneo al tiempo que evitaba ejercerlos. Cuarteroni recurrió a su nacionalidad y pidió a las autoridades filipinas que protegieran la misión y a los cautivos que consideraba súbditos españoles. Manila trasladó el asunto a la metrópoli, donde en 1862 se rechazó una intervención que podía convertir Borneo en otra empresa costosa, comparable a la expedición de Cochinchina. El estudio de David Manzano muestra hasta qué punto las pretensiones españolas sobre el territorio contrastaban con la negativa a asumir los gastos necesarios para sostenerlas.

Aquella indefinición terminó haciendo útil a Cuarteroni para los intereses españoles. Vivía en uno de los mejores lugares desde los que observar el tráfico entre Labuán, Brunéi, Joló y Singapur, y mantenía relaciones con capitanes y comerciantes que llevaban noticias de unos puertos a otros. Sus cartas a Manila dejaron de limitarse a las necesidades de la prefectura y comenzaron a informar sobre movimientos marítimos, así como sobre el comercio de armas que abastecía a los enemigos de España en Joló.

Volker Schult presenta a Cuarteroni como agente del Gobierno de Filipinas y lo relaciona con la vigilancia de los comerciantes alemanes que rompían el bloqueo de Joló. Otras reconstrucciones atribuyen a sus informes la interceptación en 1876 del vapor Tony, utilizado para transportar armas, aunque falta cotejar ese episodio en la documentación citada por el historiador. La investigación de Volker Schult permite verlo participando en una lucha política que iba mucho más allá de la evangelización, aunque para él la vigilancia del tráfico de armas debía de formar parte del mismo combate contra las razias que habían llevado a tantos cautivos filipinos hasta Borneo.

Llamarlo espía resulta tentador, al precio deformar su función. Cuarteroni no ocultaba su identidad ni parece haber pertenecido a un servicio secreto organizado, pero escuchaba las noticias que circulaban por los puertos, observaba los barcos que pasaban por Labuán y escribía a Manila. Era un agente en el sentido decimonónico del término, alguien que prestaba servicios a un Gobierno allí donde este carecía de representantes capaces de hacer el mismo trabajo.

La relación adquirió carácter oficial cuando una Real Orden del 18 de febrero de 1875 le concedió una asignación anual de dos mil pesos. La fecha y la cantidad proceden del expediente del Archivo Histórico Nacional citado por David Manzano y corrigen otras reconstrucciones que hablan de dos mil quinientos pesos prometidos el año anterior. España pagaba por conservar en Borneo a un hombre que podía informar sobre el avance extranjero, aunque seguía negándose a proporcionarle la protección militar que reclamaba.

La ayuda llegó cuando la misión llevaba ya mucho tiempo constreñida a la presencia de su fundador. Cuarteroni podía reparar un edificio o enviar catequistas a Looc Porin, pero ya no disponía de sacerdotes con quienes reconstruir la red levantada en 1857. Su utilidad política crecía al mismo tiempo que menguaba la empresa religiosa para la que le habían nombrado prefecto.

Durante años había aprovechado la distancia entre Roma y Manila para conservar una libertad de acción extraordinaria bajo bandera británica. Esa libertad tenía como reverso el abandono: Roma no encontraba sacerdotes que enviarle, España quería sus noticias sin comprometerse con Borneo y los británicos lo toleraban mientras no alterase sus relaciones con los gobernantes locales. Cuarteroni continuó allí porque ninguna autoridad lo expulsaba, pero también porque ninguna estaba dispuesta a hacerse cargo de cuanto había levantado.

La prefectura terminó identificándose por completo con su persona. Mientras él permaneciera en Labuán, todavía podía afirmarse que la misión existía; cuando faltase, quedarían unos edificios dañados, comunidades dispersas y una jurisdicción eclesiástica que otro instituto tendría que reconstruir casi desde el principio. Cuarteroni había intentado gobernarla como un barco, pero se encontraba al final de la travesía sin una tripulación a la que entregar el mando.

SERIE BIOGRÁFICA EN ENTREGAS

Carlos Cuarteroni: vida, naufragios, misión y leyenda

Esta investigación biográfica se publica en entregas sucesivas sobre los episodios clave del navegante gaditano en los mares de Insulindia.

I. El tesoro del Christina ← Primera entrega II. El aprendizaje oceánico ← Segunda entrega III. El rescatador y su leyenda ← Tercera entrega IV. El marino que buscó la gracia de Dios ← Entrega anterior
V. La misión que quiso gobernar como un barco ESTÁS LEYENDO
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