El piloto que quiso convertirse en misionero
Cuarteroni llegó a Roma con el proyecto de Borneo bastante avanzado, pero todavía era un seglar y carecía de la formación necesaria para ordenarse sacerdote. Acostumbrado a gobernar barcos y organizar expediciones según su propio criterio, se encontró sometido a una institución que medía el tiempo de otra manera y no parecía dispuesta a abreviar sus procedimientos por muchas millas que hubiese navegado el aspirante.
No conocemos con exactitud dónde estudió ni quiénes fueron sus profesores. Algunas biografías lo presentan como alumno del Colegio de Propaganda Fide, mientras que otras aseguran que se alojó con los trinitarios o recibió lecciones particulares del cardenal Giacomo Filippo Fransoni. Sin embargo, su nombre no figura entre los alumnos internos del colegio y las investigaciones realizadas en los archivos romanos no han permitido confirmar ninguna de esas versiones. También es posible que hubiese comenzado a prepararse en Cádiz antes de emprender el viaje a Italia, aunque tampoco se conservan documentos suficientes para afirmarlo.
Lo que sabemos es que siguió estudios eclesiásticos y que la espera pronto comenzó a impacientarlo. El 1 de octubre de 1852 escribió a Antonio Feliciani, prefecto apostólico de Hong Kong, que ya habría sido ordenado de no ser por la insuficiencia de su formación. Había llegado a Roma el 24 de junio y, apenas tres meses después, se lamentaba del obstáculo que suponían unos conocimientos que todavía debía adquirir. Era una reacción comprensible en un hombre acostumbrado a resolver las dificultades mediante la acción, pero el mar no enseñaba teología y su experiencia como capitán, por extraordinaria que fuese, no podía sustituirla.
Cuarteroni recibió la tonsura el 16 de julio de 1853 y las órdenes menores el 15 de agosto, ambas de manos de Fransoni. El 25 de marzo del año siguiente, Taddeo Amat y Brusi, lazarista español recién consagrado obispo de Monterrey, en California, le confirió el subdiaconado. Una semana después, el 1 de abril, Antonio Ligi Bussi, arzobispo titular de Iconio y vicegerente de Roma, lo ordenó diácono en San Juan de Letrán, y fue el mismo prelado quien le confirió el sacerdocio el 9 de abril de 1854, Domingo de Ramos, en su capilla privada.
Tenía entonces treinta y siete años, aunque algunas fuentes le atribuyan treinta y ocho. Tampoco fue ordenado por Pío IX, como repetirían después enciclopedias y biografías. La investigación de Mauro Mezzadonna, basada en el registro de ordenaciones de la diócesis de Roma, identifica sin ambigüedad a Ligi Bussi como el prelado que le impuso las manos. La presencia del pontífice pertenece a esa elaboración posterior de la vida de Cuarteroni que fue colocando a una figura ilustre detrás de cada uno de sus actos, como si su existencia no resultara bastante singular por sí misma.
El registro contiene otro dato menos brillante, pero más útil para comprender su situación. Cuarteroni fue ordenado ad titulum patrimonii, lo que significaba que poseía bienes suficientes para mantenerse sin depender de una renta eclesiástica. También constan las letras dimisorias de su ordinario, es decir, el permiso del obispo de Cádiz para que pudiera recibir las órdenes en Roma. La fortuna conseguida como marino no aparece aquí convertida en expiación por una riqueza dudosa, sino en el patrimonio que le permitía hacerse sacerdote sin quedar económicamente sujeto a una diócesis.
Su posición eclesiástica conservaría parte de la indefinición que había marcado su carrera naval. No ingresó en una orden religiosa ni fue nunca el «monje de Propaganda Fide» mencionado por algunas versiones, pues la congregación romana no era una orden en la que pudiera profesar. Años después afirmaría pertenecer al clero romano de Propaganda Fide y no al de Filipinas, una distinción que adquiriría importancia cuando las autoridades españolas pretendiesen tratarlo como a un sacerdote dependiente de la jerarquía del archipiélago.
La ordenación tampoco modificó el propósito que lo había llevado hasta Roma. Cuarteroni no había estudiado para encontrar acomodo en una parroquia europea, sino porque necesitaba el sacerdocio para emprender la misión que llevaba años imaginando. Ya podía celebrar misa y administrar los sacramentos, pero aún le faltaban una jurisdicción reconocida y hombres dispuestos a seguirlo. Sin ambas cosas, continuaba siendo un antiguo capitán que deseaba evangelizar Borneo por su cuenta.
Una prefectura y dos compañeros
Propaganda Fide no iba a confiar una región inmensa a un sacerdote recién ordenado basándose únicamente en el relato de sus viajes. La congregación pidió a Cuarteroni un plan preciso, circunscrito a territorios donde no trabajasen otros misioneros católicos y capaz de explicar cómo pensaba sostener la empresa. El resultado fue la Esposizione di una nuova missione apostolica nell’Oceania Occidentale, un impreso de catorce páginas que entregó el 15 de febrero de 1855.
Cuarteroni proponía establecer la cabecera en Labuán, una pequeña isla situada frente a la costa de Borneo y convertida en colonia británica en 1846. El puerto proporcionaba una base segura desde la que podía mantenerse el contacto con Singapur y Hong Kong, y permitía alcanzar Brunéi y las costas septentrionales de Borneo mediante embarcaciones menores. Las autoridades británicas, además, toleraban la presencia de misioneros enviados por Roma, una seguridad que no cabía dar por supuesta en los dominios de los sultanes vecinos.
El plan unía la evangelización con la redención de cautivos y aspiraba a formar comunidades cristianas que pudieran sostenerse mediante el trabajo y el comercio. Cuarteroni no imaginaba una misión recogida alrededor de una iglesia, sino varios establecimientos enlazados por mar, provistos de embarcaciones y capaces de intervenir en las rutas comerciales de la región. Aunque acababa de convertirse en sacerdote, seguía pensando como un capitán: ninguna fundación sobreviviría si dependía para cada viaje, cada reparación o cada saco de arroz de una ayuda enviada desde Europa.
También se comprometía a pagar los gastos y hablaba de fundar en Roma un colegio destinado a formar sacerdotes europeos e indígenas para aquellas regiones. La propuesta era tan ambiciosa que no siempre resulta fácil distinguir entre lo que se encontraba en condiciones de hacer de inmediato y cuanto esperaba conseguir con el tiempo. Su fortuna le permitía presentar algo más que un deseo piadoso, aunque tampoco bastaba para levantar por sí sola la estructura que describía.
La necesidad más inmediata era encontrar sacerdotes dispuestos a acompañarlo. El 22 de noviembre de 1854, Propaganda Fide había solicitado dos al Seminario Lombardo para las Misiones Extranjeras, fundado pocos años antes en Milán y destinado a integrarse más adelante en el actual PIME. Los elegidos fueron Antonio Riva e Ignazio Borgazzi, quienes salieron de Milán el 19 de febrero de 1855 y llegaron a Roma cuatro días después.
Riva, nacido en Lecco en 1823, y Borgazzi, milanés de 1829, eran más jóvenes que Cuarteroni y procedían de una formación muy distinta. Llegaban como sacerdotes de un instituto misionero y continuaban vinculados a sus superiores, mientras que el gaditano aportaba el conocimiento de Borneo y una empresa que consideraba suya porque la había concebido después de años de navegación. Durante la estancia en Roma esa diferencia podía parecer secundaria; más adelante se descubriría que ninguno de los tres entendía del mismo modo los límites de la obediencia.
En la Esposizione, Cuarteroni dejaba a Propaganda Fide la elección del superior y aceptaba que la misión regresase al control directo de la congregación si él enfermaba, se retiraba o moría. Pero una declaración escrita no borraba sus hábitos de mando ni el hecho de que pensara financiar la empresa. Roma estaba creando una jurisdicción eclesiástica; él continuaba viendo una expedición nacida de sus viajes y sostenida por sus recursos. Ambas ideas podían convivir mientras el dinero no faltase y las decisiones no provocaran desacuerdos.
Los tres sacerdotes pasaron varios meses esperando la resolución. Borgazzi contaría que visitaron personalmente a los cardenales de la congregación para entregarles el proyecto y aclarar cuanto fuese necesario. Alessandro Barnabò lo presentó a Pío IX el 16 de agosto y, el día 27, los cardenales reunidos aprobaron la creación de la nueva prefectura. El decreto, fechado el 4 de septiembre de 1855, erigió la Prefectura Apostólica de Labuán y Borneo y nombró a Cuarteroni primer prefecto, fecha que la Iglesia de Sabah considera el comienzo formal de la misión católica en aquel territorio.
El título podía sonar más poderoso de lo que era. Un prefecto apostólico no era un obispo ni disponía de la organización propia de una diócesis, sino que quedaba encargado de un territorio donde todavía no existían clero ni comunidades suficientes para constituir una Iglesia estable. La prefectura de Cuarteroni abarcaba sobre el papel Labuán y una extensión mal definida de Borneo, y debía servir además como punto de apoyo para alcanzar otras islas. Para emprender esa tarea solo contaba de manera permanente con Riva y Borgazzi.
A mediados de octubre, Pío IX recibió a los tres antes de su partida, junto con varios capuchinos destinados también a misiones. Les entregó crucifijos y medallas de plata de la Virgen, y recordó a los religiosos muertos durante anteriores expediciones a Oceanía. Cuarteroni no había sido ordenado por el papa, pero ahora sí recibía de él una despedida personal. La aprobación de Roma estaba conseguida; faltaba llevarla hasta Borneo, donde un decreto pontificio valía bastante menos que un barco capaz de cruzar medio mundo.
Dieciocho meses hasta Labuán
Cuarteroni, Riva y Borgazzi salieron de Roma el 19 de octubre de 1855 y llegaron a Cádiz el 6 de noviembre, después de viajar por Civitavecchia y Francia. Se alojaron en la casa de la familia Cuarteroni mientras buscaban pasaje hacia Filipinas, aunque pronto comprobaron que la aprobación de Propaganda Fide no abría por sí sola una ruta hasta Manila.
El gaditano llegó a plantearse la compra de la goleta Asia, de unas doscientas cincuenta toneladas, pero terminó recurriendo a la Guadalupe, un buque nuevo perteneciente a su amigo Ignacio de Castro. La nave desplazaba alrededor de mil doscientas toneladas y todavía debía completar algunos trabajos, de modo que la partida se retrasó durante meses. Cuarteroni había prometido sostener la misión con sus propios medios, pero ni siquiera su dinero podía hacer aparecer un barco disponible cuando lo necesitaba.
La Guadalupe zarpó finalmente el 28 de febrero de 1856. A bordo viajaban unos trescientos militares españoles, además de pasajeros y mercancías, y los sacerdotes pudieron ejercer su ministerio durante la travesía. Cuarteroni conocía bien aquella ruta, recorrida varias veces al mando de la Bella Vascongada, aunque ahora no ocupaba el puente ni respondía de la carga. Regresaba hacia Filipinas como prefecto de una jurisdicción que existía desde hacía varios meses, pero cuyo territorio todavía no había pisado en calidad de sacerdote.
El viaje duró ciento nueve días y la Guadalupe entró en Manila el 16 de junio. Los tres misioneros se alojaron primero con los agustinos y después con los franciscanos. La mayor parte del trayecto parecía haber quedado atrás, pero la distancia relativamente corta que separaba Manila de Labuán acabaría reteniéndolos otros nueve meses.
Una de las razones fue la llegada de los supervivientes de la fracasada misión que el Seminario Lombardo había enviado a Melanesia. Giuseppe Reina, Giovanni Battista Raimondi y Angelo Tacchini desembarcaron en Manila el 1 de octubre de 1856, procedentes de Sídney, acompañados por Puarer, un joven de la isla de Woodlark. Roma esperaba que Cuarteroni los ayudase a regresar más adelante a Oceanía, de modo que la prefectura de Borneo comenzaba su existencia haciéndose cargo de las consecuencias de otra empresa deshecha.
El transporte seguía siendo el principal problema. Cuarteroni confiaba en que su hermano Manuel comprase en Hong Kong el bergantín Pacífico, con el que pretendía comunicar Labuán con los puertos asiáticos y atender después a los misioneros destinados a Oceanía. Como la adquisición se retrasaba, tuvo que recurrir de nuevo a la Mártires del Tonkín, la goleta con la que había encontrado el Christina y que continuaba navegando más de una década después.
También fue necesario obtener la documentación de cuantos debían viajar. España mantenía pretensiones sobre el norte de Borneo y había protestado por la ocupación británica de Labuán en 1846, de modo que el traslado de sacerdotes y súbditos españoles a una colonia británica exigía unas gestiones que las rivalidades imperiales volvían especialmente delicadas. El proyecto había sido aprobado en Roma, pero para llegar a su destino debía atravesar jurisdicciones que no reconocían necesariamente los mismos derechos ni perseguían los mismos fines.
La expedición pudo abandonar Manila el 12 de marzo de 1857. La Mártires del Tonkín llevaba a remolque dos falúas de unas treinta toneladas adquiridas a la Marina Sutil para el servicio de la misión, a las que Cuarteroni había dado los nombres de Refugium Peccatorum y Consolatrix Afflictorum: «Refugio de los pecadores» y «Consuelo de los afligidos». Las advocaciones marianas no ocultaban su función práctica, pues las embarcaciones debían mantener comunicadas las futuras estaciones y permitir que los sacerdotes recorrieran unas costas donde los caminos apenas existían.
El primer trayecto estuvo a punto de demostrar hasta qué punto podía complicarse aquella solución. El viento hizo chocar las dos falúas y la expedición tuvo que refugiarse en Panay, donde permaneció unos quince días mientras se reparaban los daños. Cuarteroni tenía razón al sostener que la misión necesitaba barcos propios, pero el accidente recordaba que poseerlos implicaba también mantenerlos, tripularlos y encontrar dinero cada vez que el mar los averiase.
Terminadas las reparaciones, la Mártires del Tonkín continuó hacia el sur y el 14 de abril de 1857 entró en el puerto de Victoria, en Labuán. Habían transcurrido casi dieciocho meses desde la salida de Roma y cerca de cinco años desde la llegada de Cuarteroni a la ciudad pontificia. La prefectura existía desde septiembre de 1855, aunque solo entonces adquirió una presencia efectiva en el territorio para el que había sido creada.
Cuarteroni desembarcó acompañado por Riva y Borgazzi, los tres misioneros procedentes de Oceanía, el joven Puarer y varios filipinos. Solo los dos sacerdotes del Seminario Lombardo estaban destinados a permanecer a su lado; los demás esperaban instrucciones y la posibilidad de continuar viaje. La composición del grupo mostraba la fragilidad de aquellas empresas, sostenidas por un puñado de hombres que compartían durante meses barcos y alojamientos sin que sus destinos fueran necesariamente los mismos.
Aun así, Cuarteroni había conseguido regresar a Borneo convertido en sacerdote y prefecto apostólico. Disponía de dos compañeros, de la Mártires del Tonkín y de las falúas con las que pensaba enlazar las futuras estaciones. Todo cuanto había prometido en Roma debía comenzar a demostrarse ahora sobre el terreno, donde ya no bastarían los informes ni los mapas y donde pronto se descubriría si una misión podía gobernarse como se gobierna un barco.