Hay vidas que parecen escritas para desafiar los límites de la novela de aventuras más inverosímil. La de Carlos Cuarteroni Fernández (Cádiz, 1816 – 1880) es una de ellas. Marino mercante en los mares de China y Filipinas, buscador de tesoros submarinos, cartógrafo autodidacta de costas inexploradas y, finalmente, sacerdote y prefecto apostólico en las selvas de Borneo entregado a la liberación de cautivos sometidos a la piratería malaya.
Entre Cádiz y los Mares del Sur
Hijo de un comerciante de origen italiano afincado en Cádiz y de madre gaditana, Cuarteroni sintió desde muy joven la atracción por el mar. Con apenas trece años ingresó en la Escuela Náutica de San Telmo en Sevilla, obteniendo el título de piloto de tercera clase a los diecinueve años. Tras varias travesías atlánticas, puso rumbo a Filipinas en 1836, donde rápidamente obtuvo el mando de buques mercantes gracias a su pericia náutica y a su profundo conocimiento de las difíciles corrientes del Pacífico y el Mar de China Meridional.
Aquella región era a mediados del siglo XIX una frontera líquida y peligrosa: miles de islas sin soberanía efectiva, bajíos traicioneros no registrados en las cartas británicas o españolas, y una endémica red de piratería marítima dominada por los sultanatos de Joló y Brunéi.
El tesoro del Christina y la fortuna
En 1842, el buque mercante británico Christina, cargado con una inmensa fortuna en barras de plata procedentes del comercio de Cantón, naufragó en los arrecifes de las islas Spratly. Enterado del naufragio, Cuarteroni organizó una expedición de rescate financiada por él mismo. Tras meses de rastreo y buceo en condiciones límite en medio del Mar de la China, localizó el pecio y recuperó el cargamento íntegro.
A diferencia de otros aventureros de la época, Cuarteroni entregó el cargamento a las autoridades británicas en Hong Kong, recibiendo como recompensa legal una cuantiosa fortuna. Aquel golpe de fortuna económica no lo empujó al retiro ni al lujo en Europa, sino a un giro radical en su destino.
De navegante a prefecto apostólico en Borneo
Impactado por el sufrimiento de los cautivos cristianos e indígenas apresados por piratas moros y moros-malayos en las costas de Borneo y Joló, Cuarteroni viajó a Roma en 1850. Presentó ante el Papa Pío IX un plan completo para fundar misiones en la costa norte de Borneo (Labuán y Brunéi) y dedicar su fortuna personal al rescate y manumisión de esclavos.
Ordenado sacerdote y nombrado Prefecto Apostólico de Labuán y Borneo en 1855, regresó a los trópicos con su propio navío, levantando estaciones misioneras y elaborando cartas náuticas de un detalle asombroso que corrigieron los errores de la Royal Navy en la navegación entre Singapur y Manila.