Un hombre que volvió de la selva
Pedro Bohórquez aparece en la historia de Paititi cuando los avances hacia las tierras orientales llevaban ya cerca de un siglo produciendo nuevos rumores y proyectos. Juan Recio de León la había situado pocos años antes en relación con los pueblos del Beni y el Tuichi, donde los anamas aseguraban comerciar con un gran señor llamado Paititi, pero Bohórquez iba a introducir una novedad importante: no se limitaría a recoger noticias sobre aquel dominio, sino que afirmaría haber llegado hasta él.
Pedro Bohórquez se llamaba en realidad Pedro Chamijo o Chamizo, y había llegado al Perú puede que hacia el 1620. Sus primeros años americanos son difíciles de reconstruir porque buena parte de cuanto se contó después procede de autores enemigos que tendieron a presentar toda su vida como una sucesión de engaños. Tampoco sabemos con seguridad dónde había nacido. La tradición posterior lo hizo natural de Arahal, aunque él mismo se presentaba como granadino y Alonso de Mercado y Villacorta, gobernador del Tucumán, lo describió en 1657 ante la Audiencia de Charcas como hombre de unos cincuenta años, «blanco y rubio» y natural de Granada. El adjetivo que da título a este artículo procede de esa descripción contemporánea, no de un sobrenombre con el que fuese conocido en su tiempo.
Chamijo debió de aprender pronto a desenvolverse en un mundo donde las noticias sobre las tierras orientales circulaban entre indígenas, religiosos, comerciantes, soldados y funcionarios, y donde una relación suficientemente convincente podía servir para obtener una licencia. Hacia 1629 intentó interesar al virrey conde de Chinchón en un proyecto relacionado con Paititi, pero no consiguió el apoyo esperado, y en 1636 reapareció en Charcas, donde Juan de Lizarazu, presidente de la Audiencia, ordenó prenderlo.
Lo curioso es que el detenido terminó interesando al hombre que debía juzgarlo. Chamijo mostró mapas y pinturas de las tierras que decía conocer, explicó sus viajes y consiguió que Lizarazu prestara atención a sus noticias sobre Paititi hasta el punto de apoyar nuevas expediciones. No era algo tan extraño como puede parecer, puesto que las autoridades llevaban décadas recibiendo relaciones semejantes, donde territorios realmente recorridos aparecían unidos a otros conocidos únicamente por testimonios indígenas, pero Bohórquez añadía una diferencia importante: aseguraba hablar de un lugar que él mismo había alcanzado.
Por aquellos años comenzó también a utilizar el apellido con el que pasaría a la historia. Pedro Lozano contó mucho después que nuestro protagonista había conocido en Potosí o Porco a un sacerdote llamado Alonso Bohórquez, y que se había hecho pasar por pariente suyo y tomado de él el apellido, aunque la noticia procede de fuentes tardías y no podemos saber cuánto hay en ella de cierto. Lo seguro es que Pedro Chamijo desaparece de la documentación mientras comienza a aparecer Pedro Bohórquez, nombre que mantendría durante el resto de su vida.
En 1639 consiguió interesar al nuevo virrey, el marqués de Mancera, en otra expedición, esta vez relacionada con las fuentes del Marañón. El proyecto tampoco condujo al descubrimiento esperado, pero ese cambio de ruta resulta significativo porque Paititi volvió a desplazarse. Recio de León lo había relacionado con el Beni y el Tuichi y ahora Bohórquez lo situaba hacia otros espacios amazónicos, como antes Miguel Cabello de Balboa había ido corrigiendo sus itinerarios conforme cambiaban las noticias. La geografía podía variar sin que por ello desapareciese la certeza de que el reino debía de encontrarse en alguna parte.
Pruebas para un reino inexistente
La historia de Bohórquez suele reducirse a la de un embaucador capaz de engañar una y otra vez a funcionarios, religiosos e indígenas, pero esa explicación deja sin responder por qué sus relatos resultaban creíbles. Paititi no era una invención suya y desde los tiempos de Maldonado se acumulaban relaciones sobre grandes señores, caminos incas, ríos, lagunas, minas y pueblos situados más allá de las regiones sometidas al poder virreinal, de manera que distinguir entre una noticia verdadera, una exageración y una pura fantasía podía resultar muy difícil desde Lima o Charcas.
Los propios documentos anteriores muestran hasta qué punto se mezclaban esos niveles. Maldonado había reunido informaciones de procedencias muy distintas dentro de una geografía donde Paititi era a la vez río, laguna, provincia y dominio de un gran señor, mientras que Recio de León combinaba cuanto había visto con noticias recogidas entre pueblos que comerciaban con regiones todavía más lejanas. Eso no significa en absoluto que mintieran, sino que trabajaban con una información incompleta que trataban de ordenar para hacer comprensible un territorio que ninguno de ellos conocía en conjunto.
Bohórquez utilizó ese mismo sistema con notable habilidad al presentar mapas, pinturas y relaciones donde aparecían tierras que decía haber recorrido y podía apoyarse además en indígenas capaces de confirmar algunos de aquellos lugares, caminos y poblaciones. La presencia de esos informantes no demostraba que Paititi existiese, pero sí hacía más difícil descartar todo el relato como una invención y proporcionaba una base real sobre la que podían añadirse después noticias mucho menos comprobables.
Tampoco conviene imaginar a esos indígenas como simples testigos llevados ante las autoridades para respaldar una historia española. Desde las primeras entradas sabemos que los caciques de las tierras orientales podían pactar con unos expedicionarios, utilizarlos contra pueblos rivales y romper después la alianza cuando dejaba de resultarles ventajosa. Bohórquez dependía de sus conocimientos y de su capacidad para moverse por entre aquellas gentes, pero ellos podían encontrar también utilidad en un hombre que conocía las instituciones virreinales y era capaz de dirigirse directamente a gobernadores, audiencias y virreyes.
A finales de la década de 1640 volvió a presentar sus proyectos ante García Sarmiento de Sotomayor, conde de Salvatierra, y esta vez sí obtuvo una autorización formal. El 4 de febrero de 1650 pagó la media anata correspondiente a la licencia y poco después solicitó que se aclarase qué autoridad tendría sobre quienes se incorporasen voluntariamente a la expedición. El virrey accedió a que quedaran bajo sus órdenes, aunque la concesión estaba muy lejos de convertirlo en gobernador o adelantado, como se ha repetido después, y tampoco le concedía jurisdicción general sobre los territorios que pudiera alcanzar. Aunque Bohórquez tardó poco en ampliar por su cuenta lo que había recibido sobre el papel.
Gobernador descubridor
La expedición penetró en 1650 hacia Chanchamayo y el Cerro de la Sal, en la selva central peruana, bastante lejos de las regiones del Beni y el Tuichi donde la entrega anterior había dejado las últimas noticias sobre Paititi. El reino volvía así a trasladarse de un mapa a otro, aunque el cambio no parecía debilitarlo puesto que seguía situado más allá de las tierras conocidas, allí donde ninguna expedición había podido demostrar todavía que no existiese.
Conocemos parte de aquella entrada gracias a un diario que recoge los acontecimientos entre agosto y octubre de 1650. Bohórquez trató con campas y amueshas, recorrió varias poblaciones y comenzó a organizar a sus acompañantes como si encabezase una jurisdicción propia. El 17 de agosto, en Santo Domingo Soriano, nombró sargento mayor, escribano, alguacil mayor y oficiales de milicia y empezó a utilizar para sí mismo el título de «gobernador descubridor», pese a que ninguna provisión virreinal le había concedido semejante cargo.
Durante las semanas siguientes continuó extendiendo sus atribuciones y acabó impulsando la fundación de San Miguel Arcángel de Salvatierra en el valle de Quimiri. Las actas levantadas durante la expedición muestran así una transformación bastante rápida: la licencia para realizar una entrada iba convirtiéndose sobre el terreno en una pequeña estructura de gobierno, con cargos, cabildo y autoridad sobre unas poblaciones que el virrey nunca había puesto formalmente bajo su jurisdicción.
El procedimiento dice bastante sobre su manera de actuar. Bohórquez no necesitaba inventar por completo los documentos que respaldaban su posición, puesto que disponía de una autorización verdadera y le bastaba con interpretar sus límites de la forma más favorable posible, aprovechando que entre Lima y las tierras de Chanchamayo mediaban semanas de viaje y comunicaciones muy lentas. Cuando las autoridades pudieran comprobar qué estaba haciendo, buena parte de los hechos ya se habría consumado.
La empresa lo enfrentó además con los dominicos que trabajaban en la región. Los religiosos lo acusaron después de interferir en sus misiones, maltratar a los indígenas y actuar como un conquistador pese a las restricciones impuestas por el virrey. Las acusaciones proceden de sus adversarios y deben presentarse como tales, aunque la documentación muestra también que Bohórquez había sobrepasado claramente las facultades recibidas y que terminó perdiendo el apoyo de quienes habían autorizado la entrada.
Paititi tampoco apareció y el nuevo fracaso acabó llevándolo a prisión. Fue condenado a servir en Valdivia, dentro de la frontera chilena, donde permaneció algún tiempo antes de escapar, cruzar los Andes y llegar a Mendoza. Su carrera peruana parecía terminada, pero el viaje hacia el sur iba a llevarlo hasta una región donde encontró una situación política todavía más propicia para alguien acostumbrado a moverse entre jurisdicciones inciertas.
El falso inca
Desde Mendoza avanzó hacia La Rioja y acabó llegando hacia 1656 a los valles Calchaquíes, dentro de la gobernación del Tucumán. Los pueblos de aquella región llevaban más de un siglo resistiendo los intentos españoles de imponer un dominio estable y, aunque no formaban un único estado ni actuaban siempre de manera conjunta, conservaban suficiente autonomía como para que las autoridades siguiesen considerando necesario organizar nuevas campañas.
Bohórquez se presentó entre ellos como descendiente de los incas y comenzó a utilizar el nombre de Inca Huallpa. La imagen de aquel español descrito como blanco y rubio convertido en soberano indígena resultaba tan llamativa que terminó dominando buena parte de las historias posteriores, aunque lo verdaderamente interesante es averiguar por qué algunos caciques decidieron apoyarlo y qué podían esperar de aquella alianza. Había además una contradicción que hacía todavía más insólito el personaje, porque Bohórquez no hablaba quechua, la lengua general de los incas cuya dinastía decía representar, ni tampoco la lengua de los calchaquíes. Hernando de Torreblanca, que trató personalmente con él, llamó después la atención sobre ese detalle, pues el supuesto Inca Huallpa necesitaba un intérprete para dirigirse a quienes pretendía gobernar.
Uno de sus primeros apoyos fue Pedro Pivanti, cacique de los paciocas, quien mandó buscarlo al valle de Choromoros y facilitó su entrada en Calchaquí. Buena parte de esa comunicación dependía de Lorenzo Pisapanaco, un indígena de las inmediaciones de Pomán que actuaba como intérprete de Bohórquez, mientras que en algunas negociaciones más complejas con las autoridades españolas intervino también como lengua el propio Torreblanca. Bohórquez podía resultar útil porque conocía el funcionamiento de las instituciones españolas, había tratado con virreyes y presidentes de audiencia y sabía presentar memoriales, negociar cargos y moverse dentro de un sistema jurídico que para los caciques podía ser tan peligroso como las propias expediciones militares. Su condición de extraño podía servir además para situarlo por encima de rivalidades locales que habrían dificultado aceptar el liderazgo de uno de los propios jefes del valle.
Las autoridades españolas hicieron un cálculo semejante desde el otro lado. Alonso de Mercado y Villacorta buscaba una forma de pacificar Calchaquí y vio en Bohórquez la posibilidad de conseguir mediante negociación lo que anteriores campañas no habían logrado por las armas, mientras los jesuitas esperaban recuperar espacio para sus misiones. El obispo de Tucumán, fray Melchor Maldonado y Saavedra, se mostró bastante más desconfiado, lo que recuerda que el supuesto inca nunca consiguió convencer por igual a todos los que trataron con él.
Las negociaciones se desarrollaron durante julio y agosto de 1657 y terminaron produciendo un resultado extraordinario. El 8 de agosto se acordó conceder a Bohórquez jurisdicción dentro del valle y pocos días después se expidió el título correspondiente, que lo autorizaba a ejercer justicia y mando militar. Los autos conservados lo presentan como teniente general, justicia mayor y capitán a guerra, aunque otras relaciones posteriores utilizaron fórmulas distintas para referirse a sus cargos.
Esta vez Bohórquez no estaba ampliando por su cuenta una licencia recibida en Lima, sino que una autoridad española le concedía realmente poder sobre Calchaquí. El acuerdo, sin embargo, reunía intereses difíciles de conciliar porque Mercado esperaba que sometiese los valles, facilitase el regreso de indígenas huidos y revelase las riquezas minerales de las que hablaba, mientras los religiosos pretendían reforzar las misiones y los caciques buscaban conservar una autonomía que llevaban décadas defendiendo.
Bohórquez necesitaba mantener esas expectativas al mismo tiempo y durante unos meses consiguió hacerlo pero, en 1658, Mercado comenzó a percatarse de que utilizaba su autoridad para reforzar la alianza indígena en lugar de someterla. La negociación se convirtió entonces en guerra, aunque sería engañoso presentar lo sucedido como una simple rebelión provocada por el falso inca, pues los conflictos calchaquíes eran muy anteriores a su llegada y las distintas jefaturas actuaron de acuerdo con sus propios intereses, apoyándolo mientras les resultó útil y separándose de él cuando cambiaron las circunstancias. Su intervención contribuyó, sin embargo, a precipitar una nueva guerra que terminaría siendo catastrófica para los pueblos de los valles.
A comienzos de 1659 su posición se había hecho insostenible y terminó negociando la entrega. Fue enviado a Lima y permaneció preso durante años mientras continuaban las campañas en los valles, hasta que finalmente —tras ser acusado de mantener desde la prisión contactos con curacas implicados en nuevas conspiraciones— se decidió ejecutar la condena que pesaba sobre él. La noche del 3 de enero de 1667 murió por garrote en la cárcel y su cabeza fue expuesta después públicamente, aunque algunos detalles repetidos por fuentes posteriores sobre el lugar exacto y las otras cabezas colocadas junto a la suya no están documentados con la misma seguridad.
Habían pasado casi cuatro décadas desde sus primeros proyectos ante el conde de Chinchón y Paititi seguía sin aparecer, pero Bohórquez había añadido algo nuevo a la historia del mito. Maldonado había reunido bajo ese nombre noticias dispersas sobre ríos, provincias y grandes señores y Recio de León había conseguido situarlo cerca de pueblos y rutas que decía conocer; Bohórquez fue más lejos, porque afirmó haber estado allí y convirtió durante años ese supuesto descubrimiento en una credencial ante virreyes, presidentes de audiencia, gobernadores, religiosos y caciques.
También demostró hasta qué punto Paititi podía sobrevivir cambiando de lugar. Había estado relacionado primero con el Madre de Dios, después con el Beni y el Tuichi y más tarde con el Marañón y Chanchamayo, sin que ninguno de esos desplazamientos terminase por destruir la creencia. Mientras quedase otra ruta por explorar, cada fracaso podía servir para corregir el camino y colocar el reino un poco más lejos.
Fuentes principales
Ana María Lorandi, De quimeras, rebeliones y utopías. La gesta del inca Pedro Bohorques, Pontificia Universidad Católica del Perú, Lima, 1997.
Ana María Lorandi, «Por los senderos de un héroe. El mito, la historia y la utopía en los Andes», Relaciones. Estudios de Historia y Sociedad, 1997.
Fernando Santos Granero, «Bohorques y la conquista espúrea del Cerro de la Sal», Amazonía Peruana, nº 13, 1986, pp. 119-159.
Fernando Santos Granero, edición y estudio de los memoriales de Pedro Bohórquez, Amazonía Peruana, nº 14, 1987, pp. 131-150.
Hernando de Torreblanca, Relación histórica de Calchaquí, 1696. Fuente fundamental para los acontecimientos de Tucumán, aunque escrita por un jesuita que participó personalmente en ellos.
Teresa Piossek Prebisch, Pedro Bohórquez, el Inca del Tucumán, 1656-1659, Buenos Aires, 1990.
Vera Tyuleneva, El Paititi. Historia de la búsqueda de un reino perdido, Fondo Editorial de la Pontificia Universidad Católica del Perú y Centro de Estudios Regionales Andinos Bartolomé de Las Casas, 2018.