CUADERNO

Tras la cambiante Paititi

De Ambaya a la gobernación disputada (1538–1570). Las primeras expediciones españolas que descendieron hacia las tierras orientales no buscaban una ciudad perdida: el mito comenzó antes de llamarse así.

Tras la cambiante Paititi
La expedición de Pedro Anzúrez de Camporredondo desciende hacia las tierras orientales, 1539. Recreación artística contemporánea basada en las crónicas; la composición y los personajes son imaginarios. Imagen generada mediante IA bajo dirección editorial de Tornaviaje.

Paititi, hoy en día, es uno de tantos lugares míticos perdidos. Así se la representa, así se la busca y si para algunos es pura fábula sin matices, otros brincan cada vez que se descubren restos arqueológicos en las selvas sudamericanas, pensando que por fin se han hallado indicios de su existencia, cuando no su emplazamiento mismo. Pero lo más curioso es que las primeras expediciones españolas hacia Paititi en realidad no buscaban ninguna ciudad con ese nombre. Así que podríamos decir que el mito de Paititi, en cierta forma, comenzó antes de llamarse así.

Tras la cordillera

Ya en 1538, Pedro de Candía salió del Cuzco por el camino del Antisuyo y se internó por Paucartambo en la vertiente oriental de los Andes. Atravesó la puna de Akanako, a más de cuatro mil metros de altitud, descendió después por la terrible cuesta de Cañachuay y alcanzó los bosques nublados y cocales de Avisca, en dirección al actual Alto Madre de Dios. Buscaba Ambaya, nombre que las fuentes daban a un país vagamente situado donde nacía el sol y que se suponía muy poblado, fértil y abundante en mantenimientos y ganado. No era una ciudad ni un lugar cuya posición se conociera, sino una tierra prometida de la que solo se tenían noticias indirectas. Aunque Candía regresó sin haberla encontrado, ese fracaso, lejos de desalentar, dio paso a una segunda tentativa, esta vez al mando de Pedro Anzúrez de Camporredondo, que recibió a los hombres que habían acompañado al anterior, pero probó fortuna por otra ruta.

Las dos expediciones figuran hoy en casi todas las historias de Paititi; algo que puede aceptarse como parte de la genealogía del mito, pero que puede inducir a error si con ello se da a entender que aquellos hombres salieron del Cuzco en busca de una ciudad perdida en la Amazonía, porque no fue eso lo que sucedió.

Tampoco se adentraron en territorios del todo ignotos, puesto que los incas, en su máxima expansión, habían penetrado en algunos sectores del piedemonte, abriendo o aprovechando caminos, y entablando relaciones, no siempre pacíficas, con pueblos de las tierras bajas. Las noticias que acicatearon a los españoles procedían en buena medida de esas aventuras previas, así que el problema no era la falta de información, sino cuál podía ser la calidad de tal información. Una tierra rica podía ser tanto una región fértil como un señorío poderoso o un dominio con objetos de metales preciosos, o quizá todo a la vez. Sobre todo cuando la historia había recorrido muchas leguas y pasado de boca en boca por muchos hombres.

Sucede que las expediciones españolas de entonces no eran fruto de ocurrencias repentinas ni de impulsos, sino que necesitaban licencia oficial, reunir gente, obtener víveres y justificar qué beneficios tendría la aventura tanto para la Corona como para la fe cristiana. Así que los rumores debían sustentar, antes de partir, toda una empresa capaz de atraer a hombres dispuestos a arriesgar en ella el dinero o incluso la vida. Y eso daba alas a la exageración, aunque tampoco debemos atribuir todo a mentiras fruto de la codicia, puesto que no pocas noticias describían sociedades y territorios reales, solo que deformados por la sucesión de relatos encadenados y las expectativas de aquellos que creían en su existencia y en todo lo que allí podían encontrar.

Las cifras de la expedición de Anzúrez desmienten además esa imagen tan asentada de un puñado de españoles lanzándose a ciegas a la inmensidad americana. Según Cieza de León, marcharon trescientos españoles acompañados por más de ocho mil «indios e indias y negros». La cifra puede ser tal vez exagerada, como otras de las crónicas, pero la desmesura resulta demasiado grande como para que la ignoremos: aquella aventura española fue posible gracias a una multitud de cargadores, servidores y acompañantes que transportaron los bastimentos, abrieron caminos y padecieron gran número de muertes. Vera Tyuleneva, al reconstruir estas primeras entradas, llama la atención sobre la presencia de mujeres entre quienes acompañaban a Anzúrez y plantea que una parte de aquella gente quizá marchara con la intención de establecerse en una tierra prometida.

Por desgracia, nada salió según lo esperado. Las distancias no coincidían con las informaciones recibidas y los expedicionarios fueron internándose más y más en tierras ignotas donde estaban a merced de la colaboración o la hostilidad de los pueblos que encontraban. Anzúrez acabó por ordenar el retorno y consiguió volver tras sufrir pérdidas enormes.

Podríamos suponer que una experiencia así habría acabado con la creencia en esa tierra rica y todavía sin nombre, pero ocurrió justo lo contrario. Al no haberse constatado su no existencia, sino tan solo que no estaba donde la habían buscado, la promesa se trasladó un poco más lejos. Y ese sería un rasgo propio del mito de Paititi: cada fracaso servía para corregir la ruta pero no para negar su existencia. Antes de recibir un nombre estable, Paititi ya había aprendido a moverse en los mapas de los aventureros.

Una gobernación disputada

Tres décadas después de las expediciones de Candía y Anzúrez, las noticias sobre las tierras situadas al este de los Andes no solo seguían vivas, sino que habían adquirido consistencia suficiente como para que pudiera concederse a alguien su gobierno. Algo que no significa que las autoridades contasen con cartografías de tales regiones, sino más bien lo contrario, pues se otorgaban derechos sobre extensiones ignotas, conocidas únicamente a través de referencias indirectas.

En 1567, el gobernador y capitán general del Perú Lope García de Castro concedió a Juan Álvarez Maldonado una demarcación formidable, que comenzaba en la fortaleza y laguna de Opatari, en la vertiente oriental de los Andes, y se prolongaba hasta la Mar del Norte, es decir, hasta el Atlántico. Su misión no era solo la de explorar, sino también conquistar y gobernar aquel espacio inmenso, dentro del que quedaban comprendidas las tierras de los Chunchos, los Mojos y el Paititi. Sobre el papel, Álvarez Maldonado acababa de convertirse en señor de una región que nadie sabía medir y cuyos límites se perdían a miles de kilómetros del Cuzco.

Pero había ahí un problema. Seis años antes, el virrey conde de Nieva había concedido a Gómez de Tordoya derechos para entrar por el río Tono, aunque la autorización se suspendió casi de inmediato a causa de ciertos «bullicios» políticos. Pese a ello, Tordoya no había olvidado la merced y, cuando supo que aquellas mismas tierras se entregaban ahora a otro, decidió hacer valer lo que consideraba sus derechos. No estamos, por tanto, ante dos gobernadores legítimos de una misma provincia, sino ante una licencia vigente y otra antigua y suspendida, aunque todavía lo bastante valiosa como para que su beneficiario estuviera dispuesto a internarse en la selva y defenderla por las armas.

Álvarez Maldonado tomó la ruta de Opatari hacia el Alto Madre de Dios, mientras Tordoya penetraba más al sur por Camata, en dirección a las tierras situadas entre el Tuichi y el Beni. El primero envió por delante a su capitán Manuel de Escobar con ochenta hombres, que alcanzó el territorio de los araonas y fue recibido por Tarano, uno de sus caciques principales. Gracias a esa alianza, Escobar pudo avanzar hasta las tierras vecinas de los toromonas y levantar allí un fuerte, aunque resulta difícil ubicarlo con precisión sobre un mapa actual.

La expedición dependía de los pueblos de la región, dado que necesitaba guías, alimentos, información y aliados, en tanto que, a su vez, Tarano y otros jefes podían utilizar su llegada para reforzar su posición frente a comunidades rivales. Pero ninguno conocía bien las intenciones del otro y, sobre esa alianza siempre incierta, cayó la noticia de que Tordoya se aproximaba desde el sur.

Lo que siguió se conoce sobre todo por la relación que Álvarez Maldonado hizo redactar después de regresar al Cuzco, de manera que hemos de tomar sus afirmaciones con precaución. Según su versión, los indígenas aliados con Escobar atacaron a los hombres de Tordoya y los derrotaron casi por completo, pero después se volvieron contra los vencedores, mataron a buena parte de la tropa de Escobar y quemaron el fuerte. Vera Tyuleneva señala que la relación pasa con rapidez sobre las causas de ese cambio; algo que permite sospechar que Escobar quebrantó de algún modo la alianza o que Maldonado prefirió ocultar lo sucedido.

Pablo Ibáñez Bonillo propone una segunda interpretación: Tarano y Arapo, caciques de los araonas y de los eparamonas, bien pudieron haber fingido colaborar con ambos bandos para enfrentarlos y destruirlos por separado. Que primero habrían ayudado a acabar con Tordoya y después se habrían vuelto contra Escobar es una explicación plausible, apoyada en la secuencia de los acontecimientos, pero no un hecho demostrado. Lo único seguro es que la rivalidad entre los españoles facilitó una respuesta indígena que acabó con las dos avanzadas.

Maldonado, ignorante todavía de lo sucedido, continuó tras los pasos de Escobar hasta entrar en territorio araona y toromona, donde encontró destruido su proyecto de asentamiento. Sufrió varios ataques, perdió hombres y acabó por caer prisionero del propio Tarano. El cacique, sin embargo, no lo mató, sino que permitió que él y los pocos supervivientes regresaran hacia las tierras altas por San Juan del Oro. La gran gobernación concedida hasta el Atlántico se había deshecho antes de que sus regentes pudieran asegurar siquiera el primer fuerte.

De aquella desventura quedó una extensa relación, la primera documentación verdaderamente abundante sobre una expedición vinculada de forma directa con Paititi. Pero quedó también una advertencia que futuros expedicionarios no parecieron comprender: las tierras orientales no eran espacios vacíos sobre los que bastara con extender una licencia. Estaban ocupadas por pueblos capaces de pactar, combatir, engañar y explotar las divisiones de quienes pretendían gobernarlos. Y, en esta ocasión, dos grupos de españoles, amparados en jurisdicciones incompatibles trazadas sobre el papel, intentaron disputarse el dominio, fueron las sociedades de la selva las que resolvieron el pleito.

Paititi entra en los documentos

Álvarez Maldonado tampoco volvió con las manos vacías, puesto que llevaba consigo una extensa descripción del río, la laguna y las tierras que supuestamente recibían aquel nombre. Su gobernación se había deshecho en la selva, pero Paititi estaba a punto de adquirir una existencia nueva y, a la larga, mucho más resistente: la de los documentos.

Hay menciones que podrían ser anteriores, entre ellas una relación atribuida a los quipucamayos y las noticias recogidas durante la entrada de Diego Alemán, aunque las fechas de ambas son discutidas. Más significativo resulta que el nombre no aparezca en las provisiones concedidas a Maldonado antes o durante los primeros momentos de su expedición, entre 1567 y 1568, y de ahí que Vera Tyuleneva plantee la posibilidad de que fueran los supervivientes quienes llevaron la palabra al Cuzco, tras recogerla entre los araonas y toromonas. No podemos saberlo con seguridad, pero sí que la relación elaborada después del regreso, hacia 1570, nos ofrece la primera descripción extensa y claramente fechada de Paititi.

Tampoco debemos tomar ese documento por un informe desinteresado, puesto que Maldonado necesitaba explicar los gastos, justificar las pérdidas y, sobre todo, conservar sus derechos sobre una gobernación que no había logrado ocupar. Así que el fracaso militar debía presentarse como un éxito exploratorio, demostrando que la jornada había permitido conocer tierras ricas y pobladas cuya conquista seguía mereciendo nuevos esfuerzos. La relación, conservada en el Archivo General de Indias y publicada en 1899, mezcla por ello los lugares recorridos con noticias escuchadas sobre regiones situadas mucho más lejos, por lo que no siempre resulta posible distinguir qué vieron los expedicionarios y qué les contaron.

En estas páginas, Paititi no es todavía una ciudad perdida, sino, en primer lugar, un río y una laguna. El río Magno, que podemos identificar con el Madre de Dios, recibía numerosos afluentes antes de entrar en el «río y laguna famosa de Paitite» y, a partir de allí, mudaba de nombre y pasaba a llamarse Paititi para continuar hacia el nordeste hasta desembocar en la Mar del Norte. La descripción conserva cierta coherencia mientras sigue el Madre de Dios hasta su confluencia con el Beni, pero después las distancias dejan de corresponderse y ríos nacidos en lugares muy distintos acaban reuniéndose dentro de un sistema imposible.

Paititi era también la tierra situada al otro lado de aquel río, formada por unos llanos donde vivían los corocoros y una cordillera nevada habitada por los pamaynos, de quienes se decía que vestían como las gentes de los Andes, criaban ganado y poseían abundancia de metales. Eran además tantos y tan poderosos que los incas, incapaces de conquistarlos, habrían optado por establecer relaciones con el «gran señor del Paitite», al tiempo que levantaban dos fortalezas junto al río para dejar constancia de hasta dónde habían llegado.

De modo que, en unas pocas páginas, Paititi fue a la vez río, laguna, provincia y dominio de un señor poderoso, además de una tierra con metales preciosos, grandes poblaciones, rebaños y fortalezas incas. No todo era inventado, puesto que algunos de los pueblos y ríos mencionados pueden identificarse, y otros quizá reflejen noticias deformadas sobre el Beni, los llanos de Mojos o las sierras situadas más al este. Maldonado y quienes redactaron la relación tomaron informaciones de procedencias muy distintas y las ordenaron como partes de una misma geografía, mucho más continua sobre el papel de lo que probablemente había sido en boca de sus informantes.

Y ahí está la verdadera importancia del documento, porque, hasta entonces, los españoles habían marchado tras Ambaya, los Chunchos o una tierra rica que cambiaba de nombre y posición según avanzaban las noticias; a partir de Maldonado, aquella promesa podía llamarse Paititi, incluirse en una gobernación y utilizarse para solicitar nuevas licencias. Seguía sin ser una ciudad perdida, ni siquiera un lugar único que pudiera señalarse sobre un mapa, pero ya existía en memoriales y relaciones. Álvarez Maldonado no conquistó la tierra que le habían concedido, aunque consiguió algo quizá más duradero: darle un nombre bajo el que otros continuarían buscándola.

Primeras entradas hacia las tierras orientales, 1538-1570
Primeras entradas hacia las tierras orientales, 1538-1570. Rutas documentadas y reconstruidas de las expediciones de Pedro de Candía, Pedro Anzúrez, Gómez de Tordoya y Juan Álvarez Maldonado-Manuel de Escobar. El área atribuida a Paititi reproduce una referencia geográfica imprecisa, no la localización de una ciudad.
Fuentes: Sánchez-Concha; Vera Tyuleneva; relación de Álvarez Maldonado; Pablo Ibáñez Bonillo. Relieve: AWS Terrain Tiles / Mapzen (SRTM y otras fuentes). Cartografía Tornaviaje.
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