No faltan los que sospechan, a partir de una serie de coincidencias e indicios, que Emilio Salgari pudo encontrar parte de la inspiración para las aventuras de Sandokán en los mapas, informes y relatos que cierto marino gaditano, convertido después en sacerdote, había depositado o enviado a Roma. Aquel hombre todavía pasó por Roma en 1879, de regreso de Oriente, enfermo y agotado, antes de continuar hacia Cádiz para morir allí unos meses más tarde. Pero no era un cura cualquiera, sino uno que, antes de ordenarse sacerdote, había recorrido durante décadas los mares de Filipinas, Borneo y las Célebes, encontrado el tesoro de un barco hundido, rescatado cautivos, sido acusado de piratería e incluso, según su propio relato, quemado su goleta para evitar que las autoridades españolas se apoderasen de ella.
La hipótesis es tentadora, aunque conviene advertir desde el principio que nadie ha encontrado todavía la prueba decisiva: una anotación de Salgari, una carta, una referencia inequívoca que demuestre que leyó a Carlos Cuarteroni. Lo que existe son coincidencias, algunas muy llamativas, y una vía de transmisión perfectamente posible. Cuarteroni presentó en 1852 a la Congregación de Propaganda Fide los llamados XIV Quadri y una memoria sobre los territorios que había recorrido y, tres años después, publicó en italiano la explicación de aquellos materiales, en más de doscientas páginas dedicadas a islas, pueblos, puertos y rutas de una región que para la mayoría de los europeos apenas pasaba entonces de ser un nombre. Aquellos materiales quedaron en Roma, adonde siguió enviando correspondencia durante el resto de su vida.
Salgari, que empezó a publicar La Tigre della Malesia en 1883, apenas tres años después de la muerte de Cuarteroni, no conocía aquellos mares. En realidad no conocía casi ninguno de los escenarios por los que hizo cabalgar, navegar y combatir a sus personajes, y suplía esa carencia con un trabajo voraz de biblioteca, vaciando libros, revistas geográficas y relatos de viajeros que después desmontaba y recomponía al servicio de sus novelas. Por eso, que una obra italiana sobre Borneo y los archipiélagos vecinos, publicada en Roma en 1855, pudiera acabar entre sus fuentes no tiene nada de imposible. Otra cosa es demostrar que ocurrió.
Las semejanzas comienzan por un escenario concreto: Labuán, una pequeña isla situada frente a la costa noroccidental de Borneo, a la entrada de la bahía de Brunéi, ocupa un lugar central tanto en la vida de Cuarteroni como en las aventuras de Sandokán, pues allí instaló el gaditano la cabecera de su misión y allí situó Salgari a Marianna, la Perla de Labuán. También aparece James Brooke, el aventurero británico que se convirtió en rajá de Sarawak y que en las novelas sería uno de los grandes enemigos del Tigre de Mompracem. A su alrededor se despliega el mismo mundo de sultanes, praos, piratas malayos, cautivos, comerciantes, agentes coloniales y autoridades británicas que Cuarteroni había conocido y descrito.
Sin embargo, las coincidencias empiezan a deformarse en cuanto se las mira de cerca, como era inevitable que sucediera si Salgari utilizó realmente aquellos materiales. Cuarteroni no fue Sandokán ni mantuvo, hasta donde sabemos, una guerra personal contra Brooke. Al contrario, algunas reconstrucciones los presentan como hombres que se conocían y mantenían una relación mucho menos hostil de lo que exigiría la ficción; algunas hablan incluso de amistad, aunque la naturaleza y el alcance de ese trato todavía deben precisarse, aunque el gaditano terminara chocando con autoridades británicas y con la creciente presencia anglicana en unos territorios donde pretendía levantar una misión católica. Salgari habría hecho lo que hacen los novelistas: tomar materiales reconocibles, separar sus piezas y volver a montarlas de otra manera, convirtiendo al rajá blanco en villano y repartiendo entre varios personajes los rasgos y aventuras de quienes habían recorrido realmente aquellos mares.
La posibilidad resulta, por tanto, verosímil, pero sigue siendo una posibilidad. Presentar a Cuarteroni como «el verdadero Sandokán» sería una de esas simplificaciones que convierten una buena historia en una falsedad vistosa. Aunque, eso sí, llevó una vida tan agitada como el fabuloso pirata, porque navegó entre las islas, naufragó, combatió —en su caso contra los piratas y no a su lado—, descubrió un tesoro, fue acusado a su vez de piratería y para escapar de una justicia sumaria llegó a quemar su propio barco.

El hombre que quemó su propio barco
El 20 de abril de 1848, mientras se encontraba en Salibaboo, Carlos Cuarteroni incendió su propia goleta y, según explicaría después, no lo hizo por accidente ni porque la nave estuviera perdida, sino para impedir que las autoridades españolas la confiscasen y a él lo llevaran preso a Manila acusado de piratería. Tras contemplar cómo ardía, embarcó en uno de sus botes para abandonar la isla, convertido en fugitivo de unas autoridades que, según su versión, pretendían juzgarlo sumariamente.
El barco era la Lynx, una goleta que había comprado en China a comienzos de 1847 y puesto bajo bandera y protección británicas en Hong Kong. Conviene precisar el nombre porque las narraciones posteriores han confundido en ocasiones aquella nave con la Mártires del Tonkín, otra embarcación que había pertenecido a Cuarteroni. Fue la Lynx la que ardió en Salibaboo y no la Mártires del Tonkín, mandada entonces por su hermano Manuel, que había llegado con ella a la isla varios meses antes y a bordo de la cual se trasladó cuanto pudo salvarse de la goleta incendiada.
Cuarteroni había salido de Macao el 9 de junio de 1847 con un proyecto difícil de clasificar, como casi todos los que emprendió durante aquellos años, ya que, según explicaría después, pretendía reconocer las islas situadas entre Filipinas, las Célebes y Borneo, averiguar el paradero de cautivos cristianos, establecer relaciones con los gobernantes locales y localizar emplazamientos donde más adelante pudieran instalarse misiones católicas. Pero también navegaba al mando de un barco privado, protegido por una potencia extranjera, dentro de unos mares donde las autoridades españolas perseguían la piratería y podían contemplar con desconfianza cualquier embarcación que escapara a su jurisdicción.
El problema comenzó cuando la Lynx entró el 25 de junio en Sual, en la provincia filipina de Pangasinán. Cuarteroni había salido de los dominios españoles y regresaba ahora a ellos al mando de un buque extranjero sin haber solicitado autorización al Gobierno de Manila. Las autoridades consideraron irregular la entrada, aunque lo que no conocemos con la misma seguridad es cómo aquella infracción marítima pasó a convertirse en una acusación de piratería.
La narración más extensa procede del propio Cuarteroni, que la incluyó años después en la explicación correspondiente al cuadro XIV, publicada después en Roma por la imprenta de Propaganda Fide. Según su relato, luego de que varios tripulantes y pasajeros declararan contra él, las autoridades filipinas ordenaron confiscar la goleta y se llegó a ofrecer una recompensa por su captura. Cuarteroni creyó que, si entregaba la nave, no solo perdería su principal instrumento de navegación, sino que le conducirían a Manila para juzgarle como pirata. Su respuesta consistió en destruir aquello que pretendían arrebatarle.
El suceso posee todos los ingredientes que después alimentarían su leyenda: una isla remota, un capitán perseguido, un barco incendiado y una huida en bote por unos mares infestados de piratas. Sin embargo, casi todo lo que sabemos procede de la defensa escrita por el propio acusado. Spenser St. John recogió más tarde una versión coincidente en lo esencial —la persecución, el precio puesto a su captura, el incendio de la nave y la posterior retirada de los cargos—, pero también la había escuchado de boca de Cuarteroni. No estamos, por tanto, ante dos testimonios independientes, sino ante la misma historia transmitida por dos vías.
Cuarteroni aseguró que las declaraciones enviadas a Manila por varios tripulantes, por otras personas que conocían sus actividades y por un cautivo llamado Francisco José de la Cruz terminaron demostrando su inocencia. La causa habría sido sobreseída y, algún tiempo después, el cónsul español en Singapur le entregó un pasaporte remitido por el comandante general de Marina de Filipinas. El desenlace es compatible con el hecho de que Cuarteroni volvió a relacionarse con las autoridades españolas y acabó incluso prestándoles servicios, pero todavía no se ha localizado el expediente judicial que permita conocer la acusación exacta, las órdenes cursadas y las razones oficiales de su archivo.
Por eso, lo que podemos afirmar es que Cuarteroni fue acusado de piratería y que incendió la Lynx para evitar su captura, con el añadido de que conocemos el episodio principalmente a través de su propia versión. Cuarteroni no escribía para un tribunal neutral, sino para demostrar ante Roma su honor, su capacidad y la utilidad de los proyectos que pretendía emprender. No hay razones suficientes para desechar su relato, pero sí para suponer que ordenó los hechos de la manera más favorable a sus intereses.
Fuera culpable de una infracción marítima, víctima de una persecución abusiva o, como parece más probable, ambas cosas en distinta medida, su decisión permite entrever al personaje que reaparecerá durante toda esta historia: un hombre acostumbrado a moverse entre jurisdicciones rivales, utilizar la bandera que más le convenía y actuar por su cuenta cuando ninguna autoridad estaba dispuesta a respaldarlo. Alguien que, ante la amenaza de perder el barco y la libertad, optó por el fuego y la fuga.

El tesoro del Christina
Ya antes de que a Cuarteroni le acusaran de pirata y decidiera incendiar su propio barco para salvar el pellejo, Cuarteroni había vivido otra aventura capaz de convertirle por sí misma en leyenda: la búsqueda y recuperación de un cargamento de plata perdido en los arrecifes del mar de China Meridional. El pecio era el del Christina, un buque británico que había zarpado de Macao rumbo a Bombay con las bodegas cargadas de monedas y lingotes procedentes, al menos en parte, del comercio del opio.
El Christina naufragó la noche del 1 de julio de 1842 en el West London Reef, uno de los arrecifes que salpican el archipiélago de las Spratly. Eran aguas mal cartografiadas, alejadas de los puertos principales y sembradas de arrecifes que apenas sobresalían del mar. La noticia del naufragio llegó a Filipinas y circuló también por la prensa de Singapur, pero saber que un barco cargado de plata se había perdido en algún lugar de aquella inmensidad era muy distinto a conocer su posición exacta y conseguir llegar hasta él.
Cuarteroni fue de los que se decidieron intentarlo. Abandonó las navegaciones regulares que hasta entonces le habían proporcionado una carrera respetable, compró la goleta Mártires del Tonkín y reunió una tripulación en la que figuraban buceadores acostumbrados a la pesca de perlas. La expedición combinaba la búsqueda de carey y bancos perlíferos, dos actividades habituales en aquellos mares, con el rastreo de los arrecifes donde suponía que se encontraba el Christina.
La empresa exigía algo más que audacia, ya que era necesario reconstruir con los datos disponibles la derrota del buque y reconocer unos bajíos cuya posición no siempre coincidía con la indicada en las cartas. Cuarteroni no se lanzó al mar impulsado por una intuición milagrosa, como luego querría la leyenda, sino que aplicó a su búsqueda los conocimientos de un piloto experimentado. Fue una operación marítima planificada, aunque su resultado tuviera algo de extraordinario.
Para resumir, en 1844 encontró el Christina. Sus buceadores descendieron hasta los restos y comenzaron a recuperar la plata, que Cuarteroni trasladó a Hong Kong para ponerla a disposición de los aseguradores. La reconstrucción realizada por Michael Flecker, a partir de noticias publicadas entonces en el Singapore Free Press, permite afirmar que en diciembre de aquel año entregó alrededor de 150.000 dólares españoles en monedas y lingotes. Y, a cambio, recibió una recompensa considerable, aunque las fuentes conocidas no permiten determinar con precisión cuánto dinero obtuvo.
Cuarteroni regresó al arrecife en marzo de 1845 y volvió a Macao en mayo. Es posible que, durante esta segunda expedición, recuperase otra parte del cargamento, pero Flecker no encontró en la prensa contemporánea noticia de una nueva entrega. Ese silencio documental ha dejado espacio para todo tipo de conjeturas, desde que no consiguió extraer nada más a que conservó una parte de la plata, pasando porque llegó a algún acuerdo privado con aseguradores y propietarios. Todas ellas son posibles, pero ninguna puede demostrarse por ahora.
Spenser St. John difundió años después una versión mucho más favorable a la leyenda de un Cuarteroni benefactor. Según lo que Cuarteroni le contó, había depositado el tesoro a la espera de que aparecieran sus legítimos propietarios y, una vez transcurrido el plazo establecido sin que nadie lo reclamara, recibió la totalidad de la plata. Así se habría convertido de repente en dueño de una fortuna inmensa y, desde luego, el relato encajaba además con la imagen posterior del hombre que, enriquecido por un golpe de suerte, decidió emplear su dinero en liberar cautivos y fundar misiones.
El problema es que la prensa contemporánea documenta la entrega de la plata a los aseguradores, lo que contradice la idea de un cargamento abandonado cuyo propietario nunca apareció. El Christina estaba asegurado y tanto el buque como su mercancía tenían propietarios e intereses comerciales identificables. Cuarteroni podía reclamar una recompensa por el salvamento y pudo obtener una suma muy elevada, pero no existe por ahora ninguna prueba de que se quedara legalmente con todo el tesoro.
Tampoco debemos caer en el extremo contrario, puesto que la recuperación del Christina fue real, la cantidad entregada en Hong Kong fue enorme y Cuarteroni salió de la empresa convertido en un hombre con recursos suficientes para comprar barcos, financiar expediciones y plantearse proyectos que estaban fuera del alcance de un simple piloto mercante. La fortuna existió, aunque no conozcamos su cuantía exacta ni podamos seguir todavía el rastro de cada moneda.
Un indicio de la escala económica en la que se movía aparece en las cuentas de 1846 de la Comisaría de los Agustinos Filipinos: «una letra contra la Provincia a favor de D. Carlos Cuarterón, del comercio de Manila» por valor de 600.000 reales. El asiento coloca su nombre como beneficiario de una operación financiera enorme, pero no aclara qué la originó, si llegó a hacerse efectiva ni qué destino tuvo el dinero. Tampoco permite vincularla directamente con el salvamento del Christina, aunque demuestra que, poco después de recuperar la plata, Cuarteroni intervenía en negocios de una magnitud muy superior a la de un simple piloto mercante.
La documentación disponible nos permite quedarnos en un terreno menos brillante, pero más sólido: Carlos Cuarteroni encontró el Christina, recuperó una parte sustancial de su cargamento y recibió por ello una recompensa importante. Que se convirtiera en propietario de todo el tesoro pertenece, mientras no aparezcan nuevas pruebas, a la construcción legendaria que fue creciendo a su alrededor.