El 21 de abril de 1914, cuatro hombres que viajaban en trineo sobre el océano helado, al noroeste de la isla Ellesmere, en el archipiélago ártico canadiense, creyeron distinguir una tierra montañosa en el horizonte. Llevaban semanas de marcha, soportando temperaturas extremas, agotadoras jornadas y las dificultades de atravesar una superficie de hielo rota y deformada por la presión de las placas y aquella visión parecía recompensar sus esfuerzos, pues buscaban precisamente una tierra desconocida que el célebre explorador Robert Peary afirmaba haber avistado casi ocho años antes. Donald Baxter MacMillan, jefe de la expedición, pidió a uno de sus acompañantes indígenas, Piugaattoq, que le indicara la dirección más conveniente para alcanzarla.
Piugaattoq, después de examinar las montañas, respondió que probablemente se trataba de pujok, una palabra de su lengua relacionada con la bruma. Su compañero Itukusuk tampoco parecía convencido de que lo que estaban contemplando fuese tierra firme. Los dos eran inughuit, los inuit del noroeste de Groenlandia, familiarizados con los fenómenos ópticos de las regiones polares, donde las diferencias de temperatura entre las capas de aire pueden alterar la trayectoria de la luz y crear imágenes convincentes de costas, acantilados y montañas. Uno de tales fenómenos es la llamada Fata Morgana, un espejismo capaz de deformar y elevar las imágenes de objetos lejanos, dando a simples acumulaciones de hielo el aspecto de cordilleras imponentes. MacMillan y Fitzhugh Green, el oficial de la Marina estadounidense que lo acompañaba, decidieron continuar. No habían realizado semejante viaje para renunciar a su descubrimiento sin comprobar lo que tenían delante.
Durante cinco días, avanzaron hacia unas montañas que cambiaban de aspecto y parecían alejarse conforme los hombres se aproximaban. MacMillan comprobó mediante sus observaciones que habían recorrido una distancia muy superior a la calculada por Peary entre el cabo Thomas Hubbard, su punto de observación original, y la supuesta Tierra de Crocker. Sin embargo, las montañas seguían apareciendo lejanas. Según los cálculos del jefe de la expedición, para que unas elevaciones situadas a aquella distancia hubieran sido visibles desde el cabo donde Peary aseguraba haberlas descubierto, habrían tenido que alcanzar unos nueve mil metros de altura. Aquello descartaba, a juicio de MacMillan, que las imágenes observadas correspondieran a la tierra descrita por su antiguo jefe.
El episodio podría haber quedado como una anécdota pintoresca de la historia de las exploraciones, con el añadido de que los estadounidenses habían invertido una suma importante en buscar una isla imaginaria. Sin embargo, la aventura estaba lejos de terminar. MacMillan y algunos de sus hombres tardarían otros tres años en regresar a casa y uno de los participantes asesinaría durante la retirada a un acompañante inughuit, sin que, según la investigación posterior del historiador Kenn Harper, el crimen llegara siquiera a investigarse.
Un descubrimiento muy conveniente
En 1906, Peary se encontraba enfrascado en sus intentos de alcanzar el Polo Norte, empresa a la que llevaba dedicados muchos años y que lo había convertido en uno de los exploradores más renombrados de su tiempo. Conocía bien el Ártico y las dificultades que entrañaban aquellas expediciones, pero necesitaba publicidad y resultados que mantuvieran el interés de sus patrocinadores. La conquista del Polo Norte exigía dinero en cantidades que ni siquiera un hombre de su prestigio podía procurarse con facilidad.
Durante aquel viaje, Peary afirmó haber distinguido desde el cabo Thomas Hubbard, en la isla Axel Heiberg, unas cumbres situadas hacia el noroeste, a una distancia que estimó en unas 130 millas, aproximadamente 210 kilómetros. Como se trataba de una región insuficientemente conocida, consideró que había descubierto una nueva tierra y decidió bautizarla con el apellido de George Crocker, un banquero californiano que había contribuido generosamente a financiar sus expediciones. La costumbre de recompensar a los patrocinadores mediante nombres geográficos era común, pero en este caso existía una particularidad: la tierra en cuestión no había sido visitada por nadie y su existencia se apoyaba tan solo en la observación de Peary.
El descubrimiento no chocaba con los conocimientos geográficos de comienzos del siglo XX, cuando todavía quedaban extensas regiones del Ártico por explorar. La existencia de islas desconocidas no podía descartarse y el prestigio del observador daba credibilidad a sus afirmaciones. No obstante, una observación realizada desde una distancia enorme y en unas latitudes donde los espejismos eran frecuentes constituía una prueba insuficiente para dar por descubierta una tierra.
Peary anunció en 1909 que había alcanzado el Polo Norte, una hazaña que Frederick Cook afirmaba haber realizado el año anterior. La disputa entre ambos tuvo una enorme repercusión y puso de manifiesto hasta qué punto la exploración polar se había convertido en una competición donde estaban en juego factores tales como el prestigio científico, la gloria nacional o los intereses de los patrocinadores. Cook tampoco se había quedado atrás en materia de descubrimientos, pues había anunciado la existencia de otra tierra desconocida, bautizada Bradley en honor de John R. Bradley, el millonario que financiaba su expedición. Los dos rivales habían conseguido así proporcionar a sus respectivos mecenas unas propiedades geográficas que compartían la particularidad de no existir.
La historia de la Tierra de Crocker presenta, además, una circunstancia que ha llevado a algunos investigadores a sospechar que Peary inventó su descubrimiento. Dennis Rawlins, astrónomo e investigador independiente de la historia de las exploraciones polares, conocido por sus duras críticas a las afirmaciones de Peary, examinó las anotaciones originales del explorador correspondientes a junio de 1906 y señaló que no mencionaban la supuesta tierra. Más aún, una entrada del día 24 afirmaba que no se veía tierra al oeste de la cercana Tierra de Jesup, mientras que Nearest the Pole, el libro publicado por Peary en 1907, incorporaba dos avistamientos realizados supuestamente el 24 y el 28 de junio. Rawlins interpreta esas discrepancias como indicios de una manipulación deliberada, destinada tal vez a favorecer las relaciones del explorador con su patrocinador.
La cuestión ha sido examinada también por el historiador David Welky en A Wretched and Precarious Situation, un estudio dedicado a la expedición de MacMillan y a las circunstancias que la hicieron posible. Welky sitúa el supuesto descubrimiento dentro de las relaciones entre Peary, sus patrocinadores y las instituciones científicas estadounidenses, y aborda críticamente las contradicciones de su documentación. La ausencia de la Tierra de Crocker en los testimonios iniciales refuerza las sospechas, pero no demuestra por sí sola que Peary inventase la isla. También pudo producirse un error de observación, magnificado después por la necesidad de ofrecer resultados. Fuera un fraude deliberado o una equivocación que terminó adquiriendo una importancia desmesurada, la autoridad del explorador bastó para incorporar aquella tierra a los mapas y despertar el interés de quienes aspiraban a completar su reconocimiento.
Una empresa respetable
George Borup y Donald Baxter MacMillan, dos estadounidenses que habían acompañado a Peary en su última expedición polar, comenzaron a preparar en 1911 una empresa destinada a verificar aquel hallazgo. Consiguieron interesar al Museo Americano de Historia Natural de Nueva York, la Sociedad Geográfica Americana y la Universidad de Illinois, instituciones que aportaron financiación y respaldo científico. Tuvieron la prudencia de no confiar todo el éxito del viaje al descubrimiento de la isla, pues establecieron un programa que incluía investigaciones zoológicas, botánicas, geológicas, meteorológicas y etnográficas, con la intención de estudiar regiones todavía poco conocidas y reunir colecciones para los museos participantes.
Los preparativos sufrieron un primer contratiempo en abril de 1912, cuando Borup murió ahogado en un accidente de canoa. Su fallecimiento retrasó un año la expedición y MacMillan asumió la dirección, incorporando al equipo al geólogo y naturalista Walter Elmer Ekblaw, al zoólogo Maurice Tanquary, al médico Harrison Hunt, al oficial naval Fitzhugh Green, al electricista y radiotelegrafista Jerome Allen y a Jonathan Cook Small, encargado de los trabajos mecánicos y la cocina. La expedición contaría también con la colaboración de Minik Wallace, un inughuit que Peary había llevado a Nueva York siendo niño y que había regresado a Groenlandia años antes. Su conocimiento del inglés y de las costumbres estadounidenses le permitió actuar como intérprete.
El presupuesto inicial rondaba los 52.000 dólares, una suma nada desdeñable para la época. Los organizadores calcularon que necesitarían unos dos años para establecer una base, explorar la supuesta isla y regresar con los resultados científicos. El coste final, según estimaciones posteriores, acabaría acercándose a los 100.000 dólares, porque los problemas comenzaron antes incluso de que alcanzaran su destino.
El 2 de julio de 1913 zarparon de Nueva York a bordo del Diana, un barco dedicado habitualmente a la caza de focas que, dos semanas después, encalló frente a las costas del Labrador cuando intentaba esquivar un iceberg. MacMillan culpó del accidente al capitán, a quien acusó de estar borracho. Fue necesario contratar otro buque, el Erik, transbordar los suministros y continuar la navegación, pero el retraso acumulado y el estado del hielo impidieron alcanzar el lugar elegido para establecer la base.
Los expedicionarios tuvieron que instalarse en Etah, en el noroeste de Groenlandia, donde construyeron, con ayuda de los habitantes locales, un edificio de ocho habitaciones, provisto de electricidad, almacenes y una estación de radio. La instalación era notable para aquellas latitudes y sus responsables confiaban en mantener contacto con Estados Unidos mediante la telegrafía inalámbrica, una tecnología que comenzaba a transformar las comunicaciones marítimas.
Pero Jerome Allen no consiguió establecer un enlace fiable con las estaciones estadounidenses. La potencia era insuficiente y la ubicación de la antena tampoco ayudaba, por lo que los expedicionarios intentaron elevar los cables mediante grandes cometas. Los vientos y turbulencias de la región dificultaron la operación y finalmente decidieron trasladar parte del equipo a otro emplazamiento, con el esfuerzo añadido de transportar generadores, baterías y material pesado sobre el hielo. La radio, pese a todos los esfuerzos, no llegó a proporcionar el enlace con el exterior que sus promotores habían esperado.
Camino de ninguna parte
Durante el invierno de 1913-1914, MacMillan y sus hombres prepararon los trineos, reunieron perros, organizaron depósitos de suministros y contrataron guías y cazadores inughuit. Tal colaboración era indispensable, ya que los estadounidenses dependían de los habitantes de la región para encontrar rutas practicables, obtener alimentos y resolver problemas que exigían unos conocimientos imposibles de adquirir durante unas pocas semanas de estancia.
Un primer intento de marcha, realizado en febrero, terminó en retirada debido a las enfermedades, entre ellas paperas y gripe, y a problemas con los animales. MacMillan reorganizó sus fuerzas y volvió a ponerse en camino en marzo, acompañado inicialmente por Green, Ekblaw y siete inughuit. La ruta exigía atravesar la isla Ellesmere, superar glaciares y cordilleras y alcanzar el océano Glacial Ártico, desde donde esperaban dirigirse hacia la Tierra de Crocker.
Las dificultades comenzaron pronto, pues los expedicionarios tuvieron que salvar grietas, superar pendientes y abrirse paso entre bloques de hielo levantados por la presión de las placas. Las enormes masas congeladas se comprimían unas contra otras, formando crestas y abriendo canales que podían cortar el paso inesperadamente. En algunos lugares era necesario descargar los trineos y transportar los bultos a mano; en otros, los perros apenas encontraban un camino practicable. El agotamiento de los animales, las lesiones por congelación y el consumo de suministros obligaban a modificar los planes, mientras se acercaba la primavera y aumentaba el peligro de que el hielo marino comenzara a romperse.
Conforme avanzaban, MacMillan fue reduciendo el grupo y enviando de regreso a quienes ya no eran imprescindibles, hasta quedarse únicamente con Green, Piugaattoq e Itukusuk. Los cuatro prosiguieron hacia el noroeste y fue durante aquella marcha cuando avistaron las supuestas montañas de la Tierra de Crocker, comprobando finalmente que se trataba de un espejismo. Apenas treinta y seis horas después de emprender la retirada, el hielo comenzó a fracturarse, obligándolos a buscar nuevos pasos entre las placas móviles. Consiguieron alcanzar tierra firme, después de haber dedicado semanas y buena parte de sus energías a perseguir una tierra que figuraba en los mapas por la autoridad de un hombre que nunca la había pisado.