ANDANZAS

Mamiya Rinzō, un creador de fronteras (I)

En 1808, tras las incursiones rusas en el Pacífico norte, el shogunato envió al cartógrafo Mamiya Rinzō a explorar la desconocida isla de Sajalín y averiguar si existía un paso hacia el continente asiático.

Mamiya Rinzō, un creador de fronteras (I)
Mapa de Sajalín y la desembocadura del Amur elaborado a partir de las exploraciones de Mamiya Rinzō. Sus viajes permitieron representar Karafuto como una isla separada del continente asiático.
Mamiya Rinzō / Hokkaido University Northern Studies Collection. Wikimedia Commons, CC0. Copia de 1941 basada en sus exploraciones.

En la primavera de 1807, dos navíos rusos aparecieron frente al puesto japonés de Shana, en la isla de Iturup —Etorofu para los japoneses— y, cuando una de sus lanchas comenzó a dirigirse hacia la playa, Mamiya Rinzō, que se encontraba allí al servicio del shogunato, instó repetidamente a los mandos a abrir fuego antes de que los hombres desembarcaran. Estos no le hicieron caso y, en su lugar, enviaron a recibirlos al administrador del puesto, acompañado por cuatro o cinco hombres armados. Desde uno de los barcos rusos dispararon un cañón; poco después, los atacantes alcanzaron tierra y abrieron un fuego nutrido. El administrador Yōsuke recibió un balazo que le atravesó el muslo y sus compañeros lo retiraron, y así comenzó la llamada batalla de Shana.

Este relato procede de la declaración presentada unos meses después por Mihashi Yōzō, miembro de las fuerzas del dominio de Tsugaru y testigo de los acontecimientos. Otro de los presentes, el médico Kubota Kentatsu, dejó en su diario una descripción igualmente desastrosa de los preparativos japoneses: algunos proyectiles fundidos en la isla no encajaban en las armas, la pólvora de uno de los depósitos se había gastado en fuegos artificiales y varios oficiales ni siquiera recordaban cómo sujetarse los cascos de combate. A Mamiya lo habían destinado inicialmente a la cocina, una orden que se resistió a cumplir porque prefería aconsejar a los mandos sobre la defensa y, cuando llegaron los rusos, exigió que dispararan contra ellos y se enfureció al verse ignorado.

El episodio tendría algo de comedia si su desenlace no hubiese sido tan grave, ya que las fuerzas enviadas por los dominios de Nanbu y Tsugaru, tras combatir durante varias horas, terminaron retirándose. Los rusos saquearon e incendiaron los establecimientos japoneses y, además, antes de abandonar la región dejaron una carta redactada en japonés, ruso y francés en la que informaban de que, si el shogunato continuaba rechazando el comercio, regresarían y causarían mayores daños en sus posesiones septentrionales.

Representación japonesa de un navío ruso de comienzos del siglo XIX.
Representación japonesa de una nave rusa de comienzos del siglo XIX, perteneciente a la expedición de Krusenstern. Barcos semejantes habían convertido las aguas septentrionales de Japón en una frontera amenazada.
Archivo Nacional de Japón, colección digital «Barco ruso» / Kankai ibun (1807). Imagen testimonial de la expedición de Krusenstern (no representa directamente el ataque de Shana ni las goletas Juno o Avos).

Shana no fue un episodio aislado. Nikolái Jvóstov y Gavriil Davýdov, oficiales navales vinculados a la Compañía Ruso-Americana, habían atacado el año anterior los establecimientos japoneses del sur de Sajalín y, en 1807, extendieron sus incursiones a Iturup y Rishiri. Actuaban siguiendo instrucciones de Nikolái Rezánov, el embajador enviado por el zar para abrir el comercio con Japón y que fue obligado a abandonar Nagasaki después de seis meses de esperas y negativas, aunque Rezánov había dictado aquellas órdenes sin autorización del Gobierno imperial ruso. Japón no permanecía herméticamente cerrado al exterior, pero sometía sus relaciones internacionales a un sistema muy restrictivo, y las incursiones demostraron que aquel sistema diplomático no servía para proteger los puestos dispersos por el Pacífico norte.

La derrota reveló además una debilidad más profunda que la precariedad de las guarniciones puesto que, si el shogunato quería contener el avance ruso, debía hacerse con una imagen precisa del territorio sobre el que pretendía proyectar su autoridad. Comerciantes vinculados al dominio de Matsumae explotaban pesquerías y mantenían establecimientos en el sur de Sajalín, llamada Karafuto por los japoneses, pero seguía discutiéndose si aquella enorme extensión de tierra era una isla o una península unida al continente asiático. Los mapas europeos que habían llegado a Japón tampoco resolvían la cuestión, ya que el de La Pérouse la representaba como una isla, mientras que los de Broughton y Krusenstern la mostraban unida a Asia.

Además, Sajalín tampoco era una tierra vacía disputada únicamente por Japón y Rusia, dado que ainu, nivjis y uilta habitaban la isla y participaban en redes comerciales que la comunicaban con los puestos del Imperio Qing en la cuenca del Amur. Añadamos que, en el sur, se superponían la explotación pesquera japonesa, las sociedades indígenas y un sistema tributario chino que concedía títulos y obligaciones a determinados jefes locales. Así que, antes de trazar una frontera, el shogunato necesitaba comprender aquel espacio de soberanías inciertas y relaciones entrecruzadas.

Mamiya salió de Shana con una experiencia directa sobre lo que suponía la amenaza rusa. No era un samurái de alto rango, sino un hombre procedente de una familia campesina que había encontrado un lugar al servicio del Estado gracias a sus conocimientos de geografía y medición. Y, al año siguiente, cuando las autoridades de Edo aceptaron la propuesta de reconocer Sajalín y determinar hasta dónde podían alcanzar las pretensiones japonesas y rusas, la magistratura de Matsumae lo envió junto con Matsuda Denjūrō. El shogunato respondía reforzando las defensas septentrionales al tiempo que enviaba una expedición cartográfica puesto que, para defender una frontera, tenía que averiguar dónde dibujarla.

Un campesino con mapas

El hombre que se había encontrado frente a los rusos en Shana era de origen humilde y había llegado hasta allí siguiendo un camino improbable. Mamiya Rinzō nació en Kamihirayanagi, una aldea de la provincia de Hitachi situada en el actual municipio de Tsukubamirai e incluso la fecha de su nacimiento es incierta, porque algunas fuentes la sitúan en 1775 y otras en 1780. Pero sí coinciden en que procedía de una familia campesina y en que, desde muy joven, destacó por su facilidad para la aritmética, una habilidad que, en el Japón de finales del siglo XVIII, podía abrir a un plebeyo algunas puertas del servicio público.

Retrato póstumo de Mamiya Rinzō con indumentaria de viaje y una cadena de medición.

Retrato póstumo de Mamiya Rinzō

Pintura realizada por Matsuoka Eikyū hacia 1910. Representa al explorador ataviado con indumentaria tradicional de viaje y portando una cadena de agrimensura y medición territorial.

Crédito: Matsuoka Eikyū / Museo Conmemorativo de Mamiya Rinzō. Wikimedia Commons, dominio público.
Nota factual: Obra conmemorativa póstuma, no tomada del natural.

Una tradición local asegura que se dio a conocer durante unas obras destinadas a contener las aguas del río Kokai, durante las que Mamiya habría propuesto una solución eficaz a un problema que afectaba a numerosas aldeas y consiguió llamar así la atención de un funcionario del shogunato. Es difícil separar en ese episodio lo ocurrido de lo añadido posteriormente por sus biógrafos, pero el relato conserva una verdad esencial: su ascenso no se debió a la espada o el favor de un señor, sino a su capacidad para medir, calcular y resolver problemas sobre el terreno.

Ya en Edo, entró al servicio de Murakami Shimanojō, también conocido como Hata Awagimaru, cartógrafo y explorador empleado por el shogunato, y con él aprendió una geografía que no se limitaba a dibujar costas y caminos, puesto que los registros oficiales debían registrar también recursos, comunicaciones, asentamientos y costumbres. Así pues, el mapa era a la vez una representación del territorio y un inventario de todo cuanto podía resultar útil para administrarlo.

En 1799, siguió a Murakami hasta Ezo, donde el gobierno de Edo acababa de asumir el control directo de la parte oriental de la isla ante la creciente inquietud provocada por la presencia rusa. Allí conoció, cerca de Hakodate, a Inō Tadataka, el gran topógrafo que por entonces comenzaba el levantamiento sistemático de las costas japonesas. Mamiya completó con él su formación, aprendió a utilizar instrumentos de medición y llegó a recibir algunos en préstamo. No era todavía el explorador que atravesaría Sajalín, pero ya se estaba formando en la disciplina que haría posible aquella empresa: avanzar, observar, medir y convertir el terreno recorrido en información que pudiera llegar hasta Edo.

En 1800 fue nombrado Ezochi goyō oyatoi, empleado al servicio del shogunato en los territorios septentrionales y, durante los años siguientes participó en reconocimientos, obras de caminos, reforestaciones y levantamientos topográficos. Cuando presenció el ataque ruso contra Shana llevaba ya cerca de ocho años trabajando en aquella frontera y, cuando recibió la orden de marchar hacia Sajalín, no llegaba desde un gabinete, sino cargado de años de experiencia en un territorio en el que un error de cálculo, una costa mal dibujada o una distancia mal estimada podían tener consecuencias políticas y militares.

Dos rutas hacia el norte

Mamiya no iba solo ni estaba al mando de la expedición de 1808, ya que al frente de la misma se encontraba Matsuda Denjūrō, un funcionario mayor que él y con una trayectoria parecida, puesto que también procedía de una familia campesina, había demostrado su talento para la medición mientras supervisaba la construcción de un camino y llevaba desde 1799 trabajando en los territorios septentrionales. Había pasado un invierno en Shana, viajado varias veces por Ezo y acompañado hasta Sōya a las tropas enviadas para reforzar la frontera, de manera que el shogunato no estaba confiando la misión a un par de aventureros, sino a dos hombres acostumbrados a reconocer territorios, organizar trabajos y convertir lo observado en informes útiles para la administración.

Matsuda y Mamiya partieron de Sōya el día 13 del cuarto mes del calendario japonés de 1808 —8 de mayo según el gregoriano— y alcanzaron ese mismo día Shiranushi, en el extremo meridional de Sajalín. Allí contrataron guías ainu y consiguieron las pequeñas embarcaciones con las que pensaban recorrer las costas. No avanzaban solos, aunque las narraciones posteriores tendieran a reducir la expedición a la hazaña de sus dos protagonistas, porque eran los ainu quienes aportaban el conocimiento local indispensable sobre las corrientes, los lugares donde desembarcar, las aldeas en las que podían obtener alimento y los pasos que permitían atravesar la isla. Los expedicionarios dependían de ellos para aventurarse más allá de los establecimientos japoneses del sur.

El plan era dividirse y avanzar hacia el norte por costas opuestas, de manera que pudieran reconocer ambas vertientes y buscar desde dos direcciones el posible paso entre Sajalín y el continente. Matsuda tomó la costa occidental, la más próxima a Asia, mientras Mamiya marchaba hacia el este a bordo de una embarcación ainu. No iban a limitarse a seguir el litoral, puesto que debían anotar distancias, accidentes geográficos, asentamientos y vías de comunicación, pero el objetivo principal estaba claro: averiguar hasta dónde se prolongaba aquella tierra cuya forma seguía siendo incierta para los cartógrafos japoneses y europeos.

Mamiya recorrió la costa oriental hasta la bahía de Taraika, donde entró en contacto con los uilta que habitaban la región, y alcanzó después Shakukotan, pero el estado del mar le impidió continuar hacia el norte. Se vio obligado a retroceder y, en lugar de regresar directamente a Shiranushi, buscó un paso hacia la otra vertiente. Desde Maanui atravesó Sajalín por una de sus zonas más estrechas, salió a la costa occidental en Kushunnai y volvió a dirigirse hacia el norte, siguiendo ahora la ruta de Matsuda. El fracaso de la ruta oriental lo había obligado así a reconocer también la vertiente opuesta.

Matsuda, por su parte, había avanzado en una pequeña embarcación hasta Noteto y continuado después a pie hasta el cabo Rakka, cerca de los 52 grados de latitud norte, más lejos de lo que había llegado hasta entonces ningún explorador japonés del que tengamos noticia. Las acumulaciones de algas en descomposición, el mal tiempo y la dificultad del terreno le impidieron proseguir, pero desde aquella posición observó que el mar parecía prolongarse entre Sajalín y las montañas del continente, por lo que concluyó que Karafuto debía de ser una isla. Mamiya se reunió con él en Noteto, siguió sus pasos hasta las proximidades de Rakka y realizó sus propias observaciones desde una embarcación apartada de la costa.

La cronología importa, porque las versiones más heroicas suelen borrar que Matsuda llegó antes a Rakka y, empero, fue el primero de los dos en sostener que Sajalín estaba separada del continente. Sin embargo, ninguno había recorrido todavía el estrecho hasta su salida septentrional y las observaciones realizadas desde Rakka no permitían descartar por completo que, más al norte, una lengua de tierra, un banco de arena o algún otro obstáculo cerrara el paso, tal como mostraban los mapas de Broughton y Krusenstern. La expedición había reunido indicios muy sólidos, pero aún no una comprobación completa.

Ambos regresaron a Sōya el 11 de agosto de 1808, aunque Mamiya no quedó satisfecho. Había alcanzado el norte de Sajalín, atravesado la isla y observado el brazo de mar que parecía separarla de Asia, pero seguía sin conocer su extremo septentrional. Por eso, solicitó autorización a la magistratura de Matsumae para volver y la obtuvo, de forma que, el día 13 del séptimo mes de 1808 —3 de septiembre—, apenas unas semanas después de haber regresado, Mamiya embarcó de nuevo hacia Shiranushi, en una expedición que acabaría obligándolo a pasar el invierno en Sajalín.

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