En la necrópolis tebana, frente a Luxor, una tumba abierta hace más de dos milenios conserva algo más que momias. Conserva también las huellas de quienes regresaron una y otra vez para depositar nuevos muertos, adaptando cada enterramiento a los cuerpos que ya ocupaban aquel espacio.
Un equipo de investigadores españoles ha estudiado con detalle la cámara tres de la tumba TT 209, utilizada desde la dinastía XXV hasta época ptolemaica. Allí han documentado dieciséis individuos momificados, además de restos de otros cuatro, y una transformación gradual de las costumbres funerarias: desde enterramientos individuales en ataúdes hasta cuerpos cuidadosamente superpuestos cuando el espacio comenzó a escasear.
Entre ellos apareció un detalle excepcional: un perro momificado depositado directamente sobre un hombre y una mujer. Los investigadores no saben todavía si expresa una relación afectiva con aquellos individuos o si el animal desempeñaba algún papel ritual relacionado con el viaje al más allá.
Lo más sugerente, sin embargo, es que aquella acumulación no parece fruto del desorden. Cada nueva sepultura respetaba de algún modo las anteriores. Durante siglos, la tumba fue cambiando sin borrar lo que ya había sucedido dentro de ella: una suerte de memoria construida con cuerpos.