El mapa invisible de Francisco de Cuéllar

Tras sobrevivir al naufragio de la Armada, Francisco de Cuéllar tuvo que aprender a leer otra Irlanda: la de los clanes gaélicos, las fortalezas inglesas, los refugios inciertos y los caminos hacia la horca. Reconstruimos ese mapa invisible.

Por León Arsenal y Redacción 11 agosto, 2026

Nueve en el lago

A los soldados ingleses no les faltan ni hombres ni ánimos para tomar al castillo, pero se mantenían como a una milla y media del mismo, según cálculos de Francisco de Cuéllar. Entre ellos y la torre se abrían las aguas de Loug Melvin y, alrededor, un terreno pantanoso en el que podían hundirse hasta el pecho. Rossclogher se asentaba sobre una base artificial de piedra, dentro del lago, de forma que este y la ciénaga eran parte de la fortaleza, porque sus habitantes conocían los pasos y los sitiadores no.

Desde aquella distancia los ingleses mostraron advertencias, ahorcaron a dos españoles a la vista de los sitiados y enviaron varias veces un trompeta para ofrecerles no solo la vida, sino también paso hasta España si se rendían. Los nueve respondían siempre que se acercase, porque desde tan lejos no podían entenderlo. Tenían seis mosquetes, otras tantas ballestas, piedras, provisiones y algunos objetos del culto, y también habían jurado al señor del castillo que no abrirían las puertas a nadie, fuese irlandés, español o inglés, hasta que regresara.

La escena parece preparada para un relato heroico, de esos en los que unos pocos hombres, convenientemente resueltos, detienen a un ejército. Pero esa lectura, además de cómoda, desplaza el elemento decisivo de que los españoles podían resistir porque los MacClancy habían construido su autonomía política en torno a un lago profundo, unas ciénagas y una red de pasos locales que limitaban el alcance del poder inglés. Sin artillería y sin conocimiento del terreno, la superioridad numérica servía de poco.

Queda entonces otra pregunta: ¿qué hacía un capitán español en aquella torre, convertido en guardián de un señor gaélico al que meses antes ni siquiera sabía nombrar? Para responder a algo así hemos de retroceder hasta otro momento en el que Cuéllar esperaba una muerte más rápida y bastante menos extraña.

Grabado de los brulotes ingleses dispersando la Armada española ante Calais
Los brulotes ingleses dispersan la Armada ante Calais. Grabado de John Pine, publicado en 1739 a partir de diseños de Hendrick Cornelisz. Vroom. Metropolitan Museum of Art. CC0.

El hombre que ya debía haber muerto

Francisco de Cuéllar era capitán del San Pedro, de la escuadra de Castilla, cuando su piloto apartó la nave de la formación para atender las averías sufridas en uno de los combate librados por la Gran Armada en su intento de asalto a las costas inglesas. Cuéllar aseguraría luego que dormía, después de diez días sin hacerlo, pero Francisco de Bobadilla no aceptó la explicación y ordenó ahorcarlo junto con otro oficial. El auditor general de la Armada, Martín de Aranda, se negó a ejecutar la sentencia sin una orden escrita del duque de Medina Sidonia y, al cabo, Cuéllar perdió el mando y pasó a la nave de Aranda, la Lavia. En cuanto al otro condenado, Cristóbal de Ávila, no tuvo igual suerte y fue ahorcado.

Poco sabemos de los primeros años de Cuéllar. Rafael M. Girón Pascual ha propuesto identificarlo con un Francisco de Cuéllar bautizado en Valladolid en 1562, aunque la coincidencia, razonable, no basta para que la consideremos certeza. En cambio, su experiencia militar y marítima está mejor documentada, ya que antes de la empresa de Inglaterra había participado en campañas portuguesas y atlánticas, en la expedición de Diego Flores de Valdés y Pedro Sarmiento de Gamboa hacia el estrecho de Magallanes, en Paraíba y en las Azores. No era un hombre ajeno al mar ni a las derrotas, pero nada de lo vivido hasta entonces podía prepararlo para la costa irlandesa.

Después de rodear Escocia, la Lavia, la Juliana y la Santa María de Visón, castigadas por el combate y los temporales, fondearon ante Streedagh, en el condado de Sligo. Llevaban cuatro días sin poder reparar ni abastecerse cuando el viento arreció contra ellos de costado. En torno al 21 de septiembre de 1588 —las fuentes y reconstrucciones modernas no coinciden por completo en la fecha— los cables dejaron de aguantar y las tres naves se vieron empujadas contra una playa de arena fina, cerrada por rocas en los extremos, donde se deshicieron en el espacio de una hora.

Cuéllar calculó que murieron en aquel desastre más de mil hombres y que no llegaron a trescientos quienes alcanzaron tierra. No podemos aceptar como un recuento exacto la cifra dada por alguien que acababa de salir de aquella destrucción, aunque el funcionario inglés Geoffrey Fenton afirmó después haber contado unos mil cien cadáveres en el arenal. Martín de Aranda trató de salvarse sobre una escotilla y se ahogó. Y Cuéllar, que no sabía nadar, fue golpeado por los restos de las naves y cuatro olas sucesivas lo arrojaron hacia la playa, donde quedó cubierto de sangre, apenas capaz de mantenerse en pie.

Pero el naufragio no había terminado, pues la costa no solo estaba llena de muertos y restos de los navíos, sino también de lugareños que buscaban algo de botín y tropas inglesas que perseguían a los supervivientes. Dos hombres cubrieron a Cuéllar con juncos antes de marcharse a registrar los pecios. Él, al amanecer, buscó un monasterio y lo encontró quemado, con doce españoles colgados dentro. Durante mucho tiempo se identificó aquel lugar con Staad Abbey, aunque otras propuestas señalan Ahamlish, porque la carta que más tarde escribiría Cuéllar no permite afirmar ni una cosa ni otra.

Cuéllar regresó a la playa, reconoció a don Diego Enríquez y a otro capitán entre centenares de cuerpos, abrió un hoyo en la arena y los enterró. Después, se alejó de Streedagh, aunque todavía no podía orientarse hacia ningún destino, porque ignoraba tanto el nombre de los lugares como los límites políticos que decidían quién podía protegerlo, robarlo o colgarlo.

Un país sin nombres

Irlanda abría ante Cuéllar dos geografías superpuestas. Una era la visible, formada por playas, montañas, bosques, lagos, ciénagas y caminos que podían retrasarlo, esconderlo o acabar con él. La otra no se encontraba dibujada en parte alguna y resultaba todavía más peligrosa, porque la componían los territorios de los señores gaélicos, las fortalezas y guarniciones desde las que la Corona inglesa trataba de imponer su autoridad, las aldeas sometidas o insumisas, los caminos recorridos por jinetes y soldados, y las zonas en las que saqueadores, auxiliares locales y gentes en armas aprovechaban el desorden. Cuéllar desconocía los límites de ese segundo país, pero cruzarlos sin advertirlo podía significar para él transitar del refugio a la horca.

No existían, además, dos bloques compactos: ni ingleses frente a irlandeses, ni una población gaélica unánimemente hospitalaria con los enemigos de Inglaterra. Había señoríos que conservaban distintos grados de autonomía y combatían la expansión inglesa, otros que colaboraban con ella y muchos cuya posición dependía de disputas, parentescos y necesidades locales que Cuéllar no estaba en condiciones de comprender. La afinidad católica podía abrirle una puerta, aunque no protegía del hambre, la codicia o el miedo a las represalias.

Lo aprendió bien pronto. Cerca de la costa, un anciano acompañado por un inglés y un francés le quitó una cadena, monedas cosidas a la ropa y unas reliquias; también lo hirieron en una pierna, y quizá lo habrían matado si una muchacha no hubiese intervenido. Fue ella quien le aplicó un ungüento de hierbas y le dio manteca, leche y pan de avena. A partir de entonces, una casa podía significar comida o cautiverio; una aldea, socorro o presencia de soldados; un bosque, la posibilidad de desaparecer y también la de quedar a merced de quienes vivían fuera del alcance de cualquier autoridad.

Un muchacho le indicó que buscara, al otro lado de las montañas, las tierras de un señor favorable al rey de España. La reconstrucción tradicional conduce a Cuéllar por la vertiente de los Dartry y sitúa el lago junto al que pasó una noche en Glenade Lough, lo cual es una identificación verosímil, pero no demostrable. En unas chozas abandonadas encontró a tres españoles que malvivían a base de moras y berros, y con ellos alcanzó las tierras de Brian O’Rourke, señor de Bréifne occidental y enemigo del poder inglés.

O’Rourke había salido a defender uno de sus territorios y, en el poblado, más de setenta españoles esperaban ayuda, desnudos y maltratados. Entonces llegó la noticia de que una nave de la Armada se encontraba en la costa y veinte hombres partieron para alcanzarla. Cuéllar, retrasado por las heridas y las dificultades del camino, no llegó a embarcar; los demás sí. El barco volvió a naufragar y, según su relato, los supervivientes fueron capturados y ejecutados por los ingleses.

Cuéllar vio en su retraso una intervención de la Providencia, al igual que vería la mano de Dios en cada una de sus escapatorias, lo que resulta natural en un católico del siglo XVI y, además, proporciona a la carta la explicación capaz de ordenar tantos desastres. Sobre el terreno, sin embargo, aparece otra causalidad menos pía: aquella vez sobrevivió porque caminaba peor que sus compañeros.

La geografía natural y la política eran allí inseparables, ya que las montañas permitían esconder el ganado y desaparecer con familias enteras cuando se aproximaban las tropas; los bosques protegían al fugitivo, pero también lo aislaban; las ciénagas detenían a quienes no conocían sus pasos; un castillo levantado dentro de un lago podía convertir la autonomía de un señor local en un problema militar para la Corona inglesa. El relieve no era el decorado sobre el que se desarrollaba la guerra. Determinaba quién podía mandar y hasta dónde.

🗺️ Cómo leer el mapa

Las identificaciones propuestas en el mapa se clasificarán por grado de confianza. Streedagh y Rossclogher cuentan con apoyo textual, topográfico y arqueológico o monumental; Glenade, el monasterio y varios lugares del Ulster son reconstrucciones discutibles; el recorrido de veinte días posterior a la Navidad se representará como corredor y no como trayecto exacto.

Quienes no figuran en el mapa

Perdido otra vez después de no alcanzar el barco, Cuéllar encontró a un clérigo que deambulaba vestido de seglar para que los ingleses no lo reconocieran. Hablaron en latín y aquel idioma, propio de la Iglesia y la cultura escrita, se convirtió de pronto en instrumento de orientación. El sacerdote compartió su comida y lo encaminó hacia el castillo de un señor que no obedecía a la reina ni le pagaba tributo, pero, antes de llegar, un herrero lo retuvo en un valle apartado y lo puso a trabajar en la fragua. Durante más de ocho días, el capitán español se dedicó a accionar el fuelle hasta que el mismo clérigo volvió a pasar por allí, reprendió al herrero y consiguió que enviasen hombres a buscarlo.

La carta registra los nombres, deformados muchas veces por el oído, de O’Rourke, MacClancy y O’Cahan, porque Cuéllar entendía el mundo mediante jerarquías y sabía que la protección de un señor podía modificar su destino. Y, sin embargo, quienes lo mantuvieron con vida fueron a menudo personas sin nombre: la muchacha que detuvo a sus agresores, los hombres que lo cubrieron con juncos, el sacerdote clandestino, las mujeres que después lo ocultarían en las montañas, los muchachos que vigilaban el ganado y regresaron para avisarle de que los ingleses lo buscaban.

Salvaje como ellos

El castillo al que llegó se identifica generalmente con Rossclogher, fortaleza de los MacClancy en Lough Melvin. Allí permaneció tres meses, «hecho verdadero salvaje como ellos», según escribió, y la frase revela más sobre el capitán que sobre sus anfitriones, porque Cuéllar observa con agudeza y clasifica con arrogancia: admira la resistencia física de los gaélicos, la belleza de hombres y mujeres, su catolicismo y su enemistad con Inglaterra, pero desprecia sus casas de paja, sus vestidos, su comida y sus guerras por el ganado. Los llama salvajes incluso cuando lo curan, lo visten o lloran al verlo llegar.

No conviene corregirlo desde el presente, pues la fractura de su mirada forma parte del documento: depende de personas a las que considera inferiores y acaba aprendiendo de ellas las prácticas sin las cuales habría muerto. Su descripción conserva, precisamente por esa mezcla de curiosidad y extrañeza, detalles que suelen desaparecer de los grandes relatos de la Armada: manteca y pan de avena al final del día, leche agria, mantas ásperas, juncos recién cortados sobre el suelo húmedo y ganado conducido a las montañas cuando se acerca una fuerza inglesa. La esposa del MacClancy lo trató con especial bondad y Cuéllar se ganó el favor de las mujeres de la casa fingiendo leerles las manos y anunciándoles «cien mil disparates».

La protección, sin embargo, acarreaba consecuencias. Al acoger a los náufragos, los señores gaélicos desafiaban a una autoridad inglesa que ya los consideraba enemigos; al disponer de soldados españoles experimentados, aumentaban su capacidad de resistencia. Cuéllar había cruzado hasta entonces aquella geografía política como fugitivo y ahora su presencia comenzaba a modificarla.

Cuando el refugio se convierte en cárcel

El lord diputado William Fitzwilliam, gobernador inglés de Irlanda, recorrió el noroeste con tropas, buscando supervivientes de la Armada y castigando a quienes los hubiesen protegido. Ante la fuerza que se aproximaba, el MacClancy decidió retirar a las montañas a su gente, las familias y el ganado, mientras los nueve españoles alojados con él escogían permanecer en Rossclogher, porque, como explicó Cuéllar a sus compañeros, era preferible terminar allí con armas y algún honor que volver desnudos a los bosques en pleno invierno.

Y así llegamos de nuevo a la escena inicial. Durante diecisiete días los ingleses no pudieron aproximarse a la torre y, carentes de artillería con la que batirla desde tierra, se limitaron a amenazar, negociar y ejecutar a dos prisioneros a la vista de los sitiados. Después llegaron las nevadas y los temporales, que obligaron a Fitzwilliam a retirarse. Los españoles habían resistido, pero la victoria pertenecía también a sus anfitriones; que eran quienes habían elegido el emplazamiento y aprendido a usar el lago, la ciénaga y los pasos ocultos.

Cuando MacClancy regresó, recibió a Cuéllar como a un aliado, le ofreció privilegios e incluso una hermana por esposa, aunque se negó a permitir que se marchara, con lo que la hospitalidad y la prisión empezaron a parecerse demasiado. Un muchacho advirtió al capitán de que el señor pensaba retenerlo hasta que el rey de España enviase tropas a Irlanda, porque tener a un militar experimentado dentro del castillo era una ventaja a la que no quería renunciar.

Rossclogher lo había protegido de la fuerza inglesa y, al hacerlo, lo había convertido en un recurso para su anfitrión. Sabedor de que no le dejarían marchar de buen grado, diez días después de Navidad, Cuéllar escapó antes del amanecer con cuatro compañeros, sin guía y por los caminos menos transitados, entrando en la parte de su recorrido que peor podemos reconstruir.

Hombres y mujeres de Irlanda representados por Lucas de Heere hacia 1575
Hombres y mujeres de Irlanda, acuarela de Lucas de Heere, hacia 1573–1575. British Library. Dominio público.

Veinte días fuera de mapa

Cuéllar dice que caminó durante veinte días por montañas y despoblados hasta llegar al lugar donde se habían perdido Alonso de Leyva, el conde de Paredes y Tomás de Granvela, pero no ofrece nombres ni una sucesión de accidentes que permita seguir su periplo. La historiografía ha intentado convertir esas indicaciones en una ruta precisa por el Ulster occidental, aunque la honradez cartográfica obliga a resistirse: podemos señalar destinos probables, áreas de paso y duraciones; no trazar una raya que finja reproducir sus pisadas.

Durante esos veinte días, atravesó la más mortífera de las dos geografías irlandesas sin dejarnos información suficiente para dibujarla. Sabemos que buscaba las zonas donde la autoridad inglesa se debilitaba y algún señor gaélico podía protegerlo, pero también que una aldea, un puerto o un camino podían devolverlo de golpe al espacio de las guarniciones, las patrullas y las ejecuciones. Lo que ignoramos es por dónde logró deslizarse entre unos dominios y otros.

En la costa, encontró objetos de los muertos en poder de sus habitantes y ninguna embarcación hacia Escocia. Supo que había barcos en el territorio de un señor al que llama príncipe Ocan, generalmente identificado con un O’Cahan, y llegó arrastrándose por culpa de una nueva herida para encontrarse con que las naves habían partido dos días antes y que en el puerto había soldados ingleses. Suerte que unas mujeres lo escondieron durante más de mes y medio en sus chozas de la montaña y le curaron la pierna.

Cuando regresó al poblado de O’Cahan, dos ingleses lo reconocieron como español y se dispusieron a conducirlo a Dublín. Cuéllar fingió someterse mientras buscaban un caballo, hasta que la madre de unas jóvenes con las que conversaba le hizo señas para que escapara. Salió por la puerta, saltó cercas y se escondió entre zarzas hasta perder de vista el castillo. Después encontró a unos muchachos que recogían vacas para llevarlas a la montaña, donde sus familias se ocultaban de las tropas inglesas; uno de ellos volvió al poblado, comprobó que lo buscaban y regresó para avisarlo de ello.

Los muchachos lo dirigieron hacia un obispo católico confinado en un castillo, al que Cuéllar llama don Reimundo Termi, aunque su identificación exacta sigue siendo problemática. El obispo alojaba a doce españoles y organizó una barca para enviarlos a Escocia. En ese punto termina el itinerario irlandés razonablemente reconstruible y comienza otra serie de travesías en las que alcanzar una costa no significaba quedar a salvo.

Porque llegar tampoco era regresar

Dieciocho hombres salieron al amanecer en una embarcación miserable. El viento contrario los empujó hacia las Shetland, desde donde pasaron a Escocia. Cuéllar esperaba que Jacobo VI protegiese y repatriase a los españoles, pero, según su relato, la ayuda real no llegó y fueron algunos señores católicos quienes los sostuvieron durante meses, mientras la diplomacia inglesa presionaba para controlar su destino y el duque de Parma intentaba sacarlos del país.

Un mercader escocés contrató cuatro barcos para llevarlos a Flandes, pero tampoco ese viaje cerró la historia, porque naves de Holanda y Zelanda los esperaban cerca de Dunkerque, dos de los transportes encallaron y Cuéllar tuvo que lanzarse otra vez al agua sobre unos maderos, hasta alcanzar la orilla en camisa. Desde allí vio cómo destruían la embarcación en la que viajaban otros españoles.

Cuando fechó su carta en Amberes, el 4 de octubre de 1589, acababa de llegar a Flandes después de más de un año en tránsito y dos naufragios personales. No hay base para afirmar que la dirigiera al rey Felipe II, pese a una atribución repetida durante mucho tiempo: la fórmula «Vuestra merced», el tono del texto y su comienzo apuntan a un destinatario particular que debía creerlo muerto. Cuéllar seleccionaba los hechos y cuidaba la imagen que ofrecía de sí mismo, pues su carta no era un memorial administrativo, sino que trataba de explicar por qué seguía vivo.

Su carta posee las virtudes y las trampas de toda memoria de supervivencia. En ella Cuéllar exagera cifras que no podía comprobar, interpreta las coincidencias como providencia, deforma nombres que había escuchado en lenguas desconocidas y se coloca en el centro de decisiones colectivas; también reconoce miedos, humillaciones y dependencias que un relato oficial habría limado. Por eso merece una lectura crítica, que no desconfiada. La carta no reproduce literalmente el paisaje ni debe leerse como una novela de aventuras: es el testimonio de un hombre que ordena trece meses de caos hasta convertirlos en una historia inteligible.

La arena corrige la memoria

Durante siglos, la carta fue la prueba más visible de lo ocurrido en Streedagh. En mayo de 1985, unos buceadores localizaron ante la playa los restos de tres pecios, que la investigación arqueológica identificó con la Lavia, la Juliana y la Santa María de Visón y en 2015 aparecieron piezas de artillería de la Juliana, entre ellas cañones fundidos en Génova y una pieza asociada a santa Matrona. La arena corrigió así identificaciones que la historiografía había repetido durante décadas y devolvió materialidad al desastre mediante cureñas, armas y maderas, objetos que no recuerdan como ningún hombre y, a cambio, tampoco necesitan justificar sus actos.

El paisaje de las andanzas de Cuellar conserva por su parte una memoria discutida y activa. Streedagh, los caminos de Sligo y Leitrim, Lough Melvin y las ruinas de Rossclogher forman hoy una ruta cultural dedicada a Cuéllar, pese a que toda ruta corre el riesgo de fijar lo incierto, al convertir una conjetura en parada y un deambular errático en itinerario limpio. De ahí que nuestro mapa deba mostrar también sus huecos.

Cuéllar sobrevivió al aprender a mirar más allá de aquella costa hostil y a leer Irlanda como un territorio en el que la forma del terreno y la distribución del poder se explicaban mutuamente. Aprendió dónde alcanzaba la autoridad inglesa, dónde se debilitaba ante los señoríos gaélicos y cómo una montaña, un bosque o una ciénaga modificaban esos límites; también que una cabaña sin nombre podía resultar más segura que un castillo, y que todos los refugios tenían un precio. Aquel mapa no estaba trazado en papel. La carta es el rastro que dejó al aprenderlo.

Este artículo se firma como León Arsenal y Redacción. La firma conjunta reconoce la autoría de León Arsenal en la escritura final y el enfoque, junto con el trabajo de investigación histórica, cotejo documental, reconstrucción cartográfica y tratamiento informático realizado por miembros de la Redacción para Tornaviaje.

Fuentes y criterios de trabajo

• Francisco de Cuéllar, «Carta de uno que fue en la Armada de Inglaterra y cuenta la jornada», fechada en Amberes el 4 de octubre de 1589. Transcripción digital del proyecto , a partir del manuscrito de la Real Academia de la Historia, Colección Salazar, n.º 7, fol. 58 y siguientes.

• Robert Crawford (trad.) y Hugh Allingham, Captain Cuellar’s Adventures in Connacht and Ulster, A.D. 1588 (1897). Se utiliza la traducción para el cotejo y el estudio topográfico como una reconstrucción histórica, no como autoridad definitiva sobre cada localización. .

• Rafael M. Girón Pascual, «El capitán Francisco de Cuéllar antes y después de la jornada de Inglaterra», en la XI Reunión Científica de la Fundación Española de Historia Moderna (2012), pp. 1051-1059. .

• Steven Birch y D. M. McElvogue, «La Lavia, La Juliana and the Santa Maria de Vison: three Spanish Armada transports lost off Streedagh Strand, Co Sligo: an interim report», International Journal of Nautical Archaeology, 28.3 (1999), pp. 265-276.

• National Museum of Ireland, «Armada Cannons and Carriage Wheel», sobre la excavación de rescate de 2015 y la conservación de nueve cañones, un caldero y una rueda de cureña procedentes de la Juliana. .

• Caoimhín Ó Danachair, «Armada Losses on the Irish Coast», The Irish Sword, II, 9 (1956), pp. 320-331. Se consulta por sus referencias a fuentes inglesas y su visión de conjunto, corrigiendo identificaciones de pecios superadas por la arqueología posterior. .

• John Baxter y Baptista Boazio, A true description of the Norwest partes of Irelande…, hacia 1600. El mapa muestra territorios gaélicos, caminos y los tres navíos perdidos en Streedagh. .

• Cesáreo Fernández Duro, Naufragios de la Armada española (Madrid, 1867). Consultado como antecedente historiográfico; su tratamiento de 1588 es breve y anterior a la incorporación de la carta de Cuéllar a los estudios sobre la Armada. .